viernes, 28 de abril de 2017

Los territorios

Se presenta como un documental, pero termina diciendo el director y protagonista del filme, sea con su voz en off o con su presencia, ya que la propuesta trata de él, el argentino Iván Granovsky, que se considera actor, no productor ni director de cine, mucho menos periodista (específicamente corresponsal de guerra) que es a lo que juega en la presente película, con lo que da a entender que el documental más bien trata de un cuento. Pero, ¿qué vemos?, a un chico bien, de familia con dinero, por la madre, y de padre periodista político, que busca encontrarse en alguna labor, tener algún tipo de éxito, aunque exponga más bien sus fracasos, pero muy ligeramente, como quien quiere caer simpático.

La película pasea por diferentes partes del mundo, juega con las banderitas (la de argentina hace gracia con el sol de cabeza), esto se ve muy fácil, muy relajado, los viajes son el plus del filme, lo que lo hace más que una ocurrencia de a ver en que puedo brillar. Granovsky intenta hacer de periodista, pero no le nace muy bien, aunque tiene un fuerte vínculo con su padre –que admira- a quien entrevista y comparte un trato próximo en la película. El protagonista enseña en pantalla sus cartas/conversaciones intimas con sus padres, amigos y algún posible contratante. El filme intenta y logra ser cálido en su tono ligero. También se pretende espontáneo, como que se va haciendo el filme al andar, con los pedazos de cada fracaso, que acerca empatía con el público o eso supone, incluyendo los amorosos, ya que Granovsky no es ningún conquistador, es un hombre sencillo, de eso va, hasta demasiado simple y con muchas limitaciones si pensamos en los fracasos, cosa que uno creería lo contrario con su personalidad, esa que exuda como guía del filme, con una voz que se oye inteligente.

El filme fluye, no es muy revelador, pero también pretende transparencia, leve intimidad, aunque quiera al final catalogarse como actor, que está fabulando una ficción de cómo se muestra, un perdedor en busca de gloria (dinero parece que ya tiene). Granovsky nos dice, no soy ninguna luminaria, nos muestra sólo a un buen tipo, uno como cualquiera diría. El filme tiene gracia aunque no va de nada especifico, lo cual es un tipo de cine arte y de documental, y a veces importa demasiado poco, pero entretiene, genera atención y puede que hasta complicidad, aunque surja intrascendente, filmando a papá, casual con mamá y paseando (por ahí hablando sin anhelo de profundizar de judíos y palestinos, de terroristas, de protestas o del contraste de derecha e izquierda). El filme termina y uno pareciera oír a Granovsky en elipsis diciendo: el éxito tampoco me quita el sueño, sino que es divertido viajar a donde sea, y hacer documentales al respecto. 

The Love Witch

Estamos ante una película con grandes virtudes de composición, y también como ensayo, con un discurso sólido y bien relacionado al mundo, a lo próximo, y a su propia historia especifica. Entre lo destacado del filme tenemos su estética, su puesta en escena, incluso un tono narrativo telenovelero (en el buen sentido, en lo adrede), en una propuesta que también recurre a homenajear al sexplotation y al cine cutre de terror de los 70s y 80s y hasta al cine de Herschell Gordon Lewis, sin gore, pero lo hace de manera estilizada, luce todo como una construcción calculada más no por limitaciones de perfeccionamiento, donde el erotismo y la sensualidad trasciende, no se presenta vulgar ni torpe, aunque tiene de explícito y de recurrente, porque este es parte importante de la argumentación.  Los hombres se guían por el sexo, por el cuerpo seductor, por el deseo del sexo casual, por las fantasías, por lo netamente físico y no pretenden nada más que divertirse, mientras las mujeres buscan al hombre perfecto, al hombre fuerte, bello, inteligente y amable, con el que pasar del sexo, un recurso de acercamiento, al amor, donde exista la entrega y compromiso de la personalidad y la vida íntima. En la argumentación, que es típica americana, los hombres son reacios a comprometerse, a entregarse emocionalmente, las mujeres en cambio como la protagonista, la muy guapa Elaine (Samantha Robinson), anhelan tener una relación sólida y eterna. Pero piensan que ser mujeres recatadas y correctas no les dará aquel príncipe soñado, por lo que Elaine se vale de su cuerpo, de ser un juguete sexual para las fantasías de los hombres, para luego caerles con lo personal, pero la gracia del filme es que Elaine es una bruja que utiliza pócimas para que los hombres pasen de lo físico a enamorarse y se suelten hasta la locura, que se vuelvan emocionales y abiertos. Solo que nada es perfecto, y entra a tallar el “terror”, los hombres enferman y mueren (lo que suena irónico también).

The love witch, de Anna Biller, tiene humor fino, hasta los striptease de salón son del tipo burlesque, no se presenta como un entretenimiento superficial, es un filme raro, tanto como original y valioso. Lo de las brujas está adaptado a la actualidad, juega con una palabra gringa muy popular (bitch) que tiene tantos significados, que por algo está muy cerca de esta otra witch (bruja). Elaine es todo eso, una zorra, una mujer sagaz, también algo desalmada y centrada sólo en sí misma, aunque es producto de la sociedad, el machismo, los cuentos de hadas y la calidad unidimensional del deseo y composición de un gran sector masculino. El filme juega con una realidad mayoritaria, pero no lo hace de forma barata. El filme es rico en perspectivas. Las brujas (witch, bitch) son perseguidas y castigadas hoy en día aunque de otra manera. Elaine tiene de hipócrita en algunos casos, y de doble moral, porque quiere también un hombre perfecto, un hombre guapo y fuerte, y cuando estos se comportan como cliché femenino, muy emotivos y dependientes, son desechados. El filme también la presenta como una mujer sensible, de buenas maneras, delicada, calmada, aunque juega al papel de objeto sexual, lo que a primera vista y en la estética se percibe muy natural e inofensivo (lo pagano incluso se siente así, parece todo digno del teatro), no obstante representa el subterfugio para obtener y hacer lo que sea. El filme dentro de su complejidad finalmente argumenta en favor de la protagonista, que más que una puta cruel y avispada de apariencia amable y atractiva busca un apoyo psicológico en la brujería, porque esconde mucha ternura, puede que hasta un audaz aire melancólico y solo quiere un príncipe azul, pero tiene un trauma detrás (redoble de audacias), que llega hasta la psicopatía, y solo atrae “malos” elementos, el cliché masculino, los hombres mujeriegos, en busca solo de sexo, a los que pretende cambiar. 

jueves, 27 de abril de 2017

Semilla de maldad (Blackboard jungle)

Un profesor de nombre Richard Dadier (Glenn Ford) llega a una escuela que es una verdadera jungla donde los estudiantes son híper rebeldes y hasta violentos y criminales. Dadier es recibido con una pelota de béisbol que impacta contra la pizarra al cometer el “error” de dar la espalda, cuando advierten entre ironía y verdad que no lo haga. Habrán actos extremos en el colegio que sorprenden un poco para el año del filme, 1955.

Incluso un alumno intenta violar a una maestra (Margaret Hayes). La mujer es guapa y sexy, que se oye decir que pudo ser su culpa por andar provocativa. Un comentario machista que proviene de otra mujer, y no va a mayores, cuando la verdad es que los alumnos de este colegio estatal se comportan como animales salvajes, otros simplemente de manera infantil.

La película es bastante emocionante, además de que uno se pregunta ¿cómo se resolverá la situación?, que yace desbordada y parece imposible de vencer. Dadier intenta por varios métodos atraer respeto y atención, como de uno de los líderes de la clase, Miller (Sidney Poitier), que se presenta también rebelde y conflictivo. El filme se traslada en la mayor parte del metraje al peor escenario y lo mejor es la expectativa de ver cómo se resuelve, y lo hace inteligente y coherentemente. El filme es como atender un regodeo insoportable en el infierno, produciéndose montón de intentos de salida.

El problema central es otro muchacho de la clase (Vic Morrow) y la poderosa influencia que ejerce. Este personaje está creado como muy funcional, no tiene background, y es un verdadero demonio. En cambio el personaje de Poitier es complejo a un grado decente, se manifiesta con mucho mayor realismo. Este filme es elemental, pero está bien realizado, existe mucha tensión e intensidad y atrapa. Glenn Ford está también a la altura de su papel, ya que tiene que pasar por mucho martirio.

Otro maestro, Jim Murdock (Louis Calhern), es el caustico del grupo y crea curiosidad saber de él que uno hubiera querido ver su desenvolvimiento en pleno, que queda como elipsis y comentarios al vuelo. El filme abre y cierra con Rock Around the Clock, de Bill Haley y sus Cometas, la que fue la primera canción de rock puesta en el cine e hizo de ella un hit.

El director de la película, Richard Brooks, es uno de los grandes nombres del cine americano que cruza el cine clásico y llega a hacer cine hasta los 80s, su película más famosa es Cat on a Hot Tin Roof (1958), pero tiene varios títulos geniales como Sweet Bird of Youth (1962), A sangre fría (1967) o la ambiciosa y épica Elmer Gantry (1960). 

miércoles, 26 de abril de 2017

Los amantes de la noche (They Live by Night)

El cineasta americano Nicholas Ray es popular y mundialmente conocido por Rebelde sin causa (1955), una película de la que oímos siempre, incluso antes de verla e intentar ser un cinéfilo hardcore; por el icónico James Dean y su película por antonomasia, aunque no participó en muchas en el cine, fueron solo tres, por iluminado, prometedor y por su muerte prematura; y por ser el filme símbolo de una época y guía para otros cineastas. Ray además fue idolatrado por La Nouvelle Vague y los famosos Cahiers du Cinéma a los que también inspiró como cineastas. Nicholas Ray tiene una filmografía bastante buena, desde luego no sólo se trata de la maravillosa Rebelde sin causa, donde sobresalen dos títulos en especial, el western Johnny Guitar (1954) con los duros Joan Crawford y Sterling Hayden; y In a Lonely Place (1950), un noir con dos iconos del género, Humphrey Bogart y Gloria Grahame (casada con Ray de 1948 a 1952). In a Lonely Place me recuerda a otra película maravillosa, Sospecha (1941), pero en ésta la duda no es por poder ser un asesino serial de mujeres ricas, por interés económico, es por la sinrazón de la locura y la violencia incontrolable de la personalidad, el descontrol de las reacciones. Bogart levita con su naturalidad en el papel, y Grahame está igual de sublime. Otra película a tener muy presente, que en particular me parece gloriosa, The Lusty Men (1952), que retrata la vida del rodeo, y cuenta con otro tipo duro del cine, Robert Mitchum, que aparentemente no es el protagonista del filme, o no lo es a la usanza, no tiene a la chica brava y bonita (Susan Hayward) ni es la luminaria del momento en el rodeo (Arthur Kennedy), es un solitario y viene de capa caída, pero es un enriquecido personaje guía. El arranque del filme, el retorno al hogar, es una de las grandes escenas históricas del séptimo arte.

La ópera prima de Nicholas Ray, Los amantes de la noche (1948), es otra excelente película, con todo lo que hace sublime al cine clásico, se brinda entretenida, con buen ritmo, precisión, claridad y profundidad emotiva. El filme es más romance que noir, aunque yacen fusionados, la trama nos habla de un joven ladrón de 23 años, Bowie (Farley Granger), junto a Chickamaw y T-Dub, dos experimentados, mayores, curtidos compinches quienes no dudan en matar a los que se les interpongan, se esconden donde un viejo grifero rural aficionado a la bebida y al despilfarro. En el lugar el viejo vive con su hija adolescente, Keechie (Cathy O'Donnell), ella y Bowie se enamoraran con inocencia y mucho romance. Bowie intentará escapar de la policía y formar una familia, anhelante de tener una vida común, apacible, lejos del pasado de cárcel que empezó a los 16 años por matar a un hombre y que lo persigue, está prófugo. Bowie roba pensando gastar el dinero en un abogado que lo limpie de sus delitos, pero sus relaciones criminales con Chickamaw y T-Dub lo arrastran.

El filme presenta a Bowie como una buena persona más allá de su situación, aunque la naturalidad con la que yace adaptado al crimen hace pensar más bien en una dualidad. Tiene maneras amables, y es sensible con Keechie, la que tiene carácter pero le falta mundo. Son una pareja humilde. La propuesta tiene escenas breves, diáfanas y muy potentes, como un matrimonio improvisado, o suspenso, especialmente cuando asecha el paredón, la sombra del final a lo Bonnie and Clyde (1967). La pareja predomina, y se van dando destellos de noir, se va cerrando el círculo, va quedando lo esencial, pensando que se trata de escapar del crimen y lograr vivir libres una vida sencilla. La pareja tiene química y son dulces, hay una agradable sensibilidad, ilusión y como se valoran los pequeños detalles juntos. El filme maneja bien la acción, y jamás agobia con lo romántico, aunque tiene buena cantidad, tiene encanto.  

Lo ideal sería una función doble, junto a la otra adaptación de la novela Thieves Like Us, de Edward Anderson, de título homónimo en la dirección de otro director de culto, Robert Altman, en 1974, y no se parecen, Altman hace una película distinta a la de Ray, el romance entre Keechie (Shelley Duvall) y Bowie (Keith Carradine) tiene modernidad, es decir, merma la belleza de las formas, empieza a verse el mundo más notoriamente vulgar, aunque en la de Ray Chichamaw era tuerto y medio bruto. Altman maneja otra manera de ser dulce e inocente, la nueva pareja son algo bobalicones, juguetones y bromistas, son una novedosa composición de pareja. En esta Chickamaw y T-Dub tienen más presencia, existen más aventuras en general y hay menos de los jóvenes enamorados. Una curiosidad es que Keechie es aficionada a la Coca Cola, y vemos mucha publicidad de la gaseosa, expuesta casualmente por los alrededores. Altman otorga a su película media hora más que la de Ray, y se pueden ver los mismos lugares pero expuestos de otra manera, cambiados, lo cual es estupendo, porque es ver el mismo magma pero dos películas muy distintas. Ray hace una obra ágil, redonda, no se hace problemas en nada, pero es completa sin demasiado, mientras Altman es extravagante y original, aunque un poco lento y a veces tonto. Ambos directores son propios de su tiempo, ambos ostentan personal genialidad. 

sábado, 8 de abril de 2017

Trilogía Oyama

Basada en la figura del nacido coreano nacionalizado japonés Masutatsu Oyama, legendario maestro de karate creador del estilo Kyokushinkai, no es ningún biopic, es jugar con algunas referencias biográficas suyas, y hacerlas participes de una trama más libre de una película de artes marciales donde el karate es la estrella. También se basa en el manga de Ikki Kajiwara por lo que se trasgrede mucho y se muestra una libertad que cae recurrentemente en lo políticamente incorrecto. En un momento Oyama (Shin'ichi Chiba, o Sonny Chiba) fuerza a una mujer sexualmente al creerla una prostituta vendiéndose a los americanos. Lo paradójico que ella luego enseguida le cuenta su historia, que es traductora de idiomas y su familia se ha sacrificado en la guerra, Oyama le pide disculpas rogándole perdón y termina enamorándose perdidamente de él. La primera película de la trilogía, Karate Bullfighter (1977), y toda la saga es propia de su tiempo, como de sus pocos anhelos artísticos, de una libertad amoral que será chocante y repudiada vista hoy en día. Y los filmes de la trilogía son así, sobre todo el primero y dígase que es el mejor del grupo, ya que como películas la cosa va decayendo.

Oyama es un tipo bruto, mal educado, vanidoso, conflictivo, aunque también se da humilde por momentos y se enternece con la realidad del que sufre, en esto hay mucha ligereza, no esperen mucho de la película a ese respecto. El filme es muy directo, mírese que el personaje de Oyama irrumpe en los dojos retando a los maestros y dándoles tremenda paliza, incluyendo a todos los alumnos, proclamando que el karate se ha convertido en un baile y ha perdido su veracidad, lo que él defiende, demuestra y promueve de la forma más llana, humillando a los llamados bailarines karatecas, ganando todas las peleas que propicia. No es una forma muy decente ni humana ni respetuosa de fomentar su heroísmo ni su arte pero así lo presenta el director Kazuhiko Yamaguchi, sino miren el arranque de Karate Bullfighter, en que Oyama se mete en el máximo torneo nacional de karate asistiendo con un traje roto y sucio, y cuando gana el trofeo lo arroja por una escalera y reniega del karate moderno o deportivo por creerlo una danza y no un arte marcial contundente y realista. En sentido ético el primer filme es harto criticable, pero como entretenimiento rocambolesco y libre tiene mucha más gracia.

En karate bullfighter el director se da cuenta qué comportamiento plasma el personaje Oyama y el maestro antagonista líder promotor de eventos y escuelas no lo soporta, dice que no tiene dignidad su karate ni su persona, sin embargo termina comportándose como un gángster y hace todo por matar a Oyama, unos dirán que tiene justificación, Oyama es una joyita. Karate Bullfighter asienta la leyenda de Mas Oyama cuando con sus propias manos éste mata a un toro bravo suelto contra la gente, pone rígida la palma de la mano y esta es como un cuchillo, la película y su leyenda histórica tiene de fantástica, Oyama corta botellas con aquella palma, y hasta desmiembra cuernos de toros. La lucha con el animal es una gozada.

El filme de Yamaguchi le da golpes morales a su héroe y hace que se dé cuenta, entre comillas, que el karate está siendo usado como un arma creadora de mucha violencia y de excesos, pero lo exhibe indirectamente como culpa, salvando a Oyama de la quema, con un discípulo suyo descarriado que en medio de todo adora a su maestro y este se enternece con él, lo mismo que sucede con un niño y su madre de los que trata de conseguir perdón rechazando el karate (que graciosamente terminan echándole porras a su arte y creando escenas sentimentales). En ese lugar se esconde la lectura de la humanización del criminal y de paso de Oyama, expresa que a pesar de todo debajo siempre hay un ser humano. Asunto que irónicamente no cuenta en los maestros rivales, y lo peor que él los ha incitado brutamente. El filme no es una maravilla, tiene defectos y puntos reprobables, pero Oyama es una leyenda. Se coge de la omnipotente libertad del manga, y es una película sinvergüenza de artes marciales. A ratos es toda una curiosidad, no es el típico héroe ni siquiera antihéroe de los últimos años, y es una apología “clásica”  al karate con contacto total y no al popular kung fu.

Las 2 películas siguientes muestran un comportamiento algo más sensato y sosegado –que antes- de Mas Oyama, no obstante sigue igual retando a los grandes maestros y golpeando a todo el mundo en los dojos haciendo ver que su karate es el verdadero y no el de otros, se hace guardaespaldas de un gángster en la segunda, en Karate Bearfighter (1977), y no se discute que trabaje con un criminal, solo que sea un subalterno de otra persona. Como no deja de ser imprudente nunca –es casi un dios- le da una golpiza hasta al mafioso, y se encariña con un imitador de él y su novia, y de un niño e hijo de un alcohólico. Tampoco le teme a las armas de fuego,  así con ellas también reparte golpe y sale indemne. Su situación de héroe no presenta límite alguno, y lo vemos llegando a enfrentar a un oso con sus puños y patadas. El oso se percibe como un disfraz pero aun así se logra una escena a un punto decente. Los karatecas rivales le dicen el karateca publicitario, por pelear con osos y toros. Pero Oyama va de bruto y simple. Sonny Chiba lo encarna muy bien, tiene gestos un poco cómicos sin querer, y se mueve con histrionismo, da sus gritos propios, a lo Bruce Lee, y tiene facilidad para poner caras tristes y echarse de vez en cuando unas lágrimas sin perder la figura de rudeza.

Karate for life (1977), las tres son de Kazuhiko Yamaguchi, tiene una apertura de esas gloriosas, Mas Oyama, Sonny Chiba que pelea muy bien, su karate es versátil, se enfrenta a 100 estudiantes de karate, y no sólo eso, llenan el piso de aceite para que Oyama no pueda ponerse en pie, mientras los estudiantes se ponen secos lo pies con algo como tierra. Tiene que vencer a los 100 sin parar para ganarse el mérito de retar al maestro. Tampoco falta que Oyama muestre nuevamente su sensibilidad y su lado de sentido de la justicia con otros encariñamientos. Lo curioso de este filme es que el héroe participará de combates de lucha libre profesional, con apuestas ilegales detrás y mafiosos vengativos.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El viaje de los comediantes (O thiasos)

Esta obra maestra del griego Theo Angelopoulos, seguramente su obra más importante, de 4 horas de duración, recorre la historia de Grecia desde 1939 hasta 1952, pasando por momentos claves de su historia, la dictadura de Ioannis Metaxas (1931-1941), la guerra entre Italia y Grecia (1940-1941), la ocupación alemana (1941-1944), la guerra civil (oficialmente de 1946 a 1949, pero empezó antes), la intervención y estadía fiscalizadora americana e inglesa en Grecia (la ocupación inglesa con el general Ronald Scobie) y la llegada al poder en 1952 del mariscal griego Aléxandros Papagos como primer ministro de Grecia, habiendo comandado a la derecha, viniendo de comandar al ejercito griego contra el ataque de Italia, país al que venció, pero Alemania lo terminó derrotando y lo mandaron a un campo de concentración del que volvió triunfante.

Al filme se le propone desde el punto de vista de la izquierda de su país, viendo que Grecia estuvo dividida todo este tiempo, por un lado los monárquicos, por el otro el partido comunista griego, que tuvo gran repercusión con el Ejército Popular de Liberación Nacional que claudicó en 1945 con el Pacto de Varkiza donde entregaron las armas. El Ejército popular de Liberación Nacional luchó en la segunda guerra mundial de 1941 hasta 1945 contra Alemania. La derecha venció a la izquierda y quedó una sensación de yacer pospuestos y desear buscar redención.

Angelopoulos no solo se queda con este tremendo panorama y manejo histórico también hace uso de la literatura griega, se basa en la Orestíada de Esquilo, en superponerla en su trama, mostrando traiciones y venganzas dentro de la representación de la guerra civil griega, hablándonos de Agamenón (padre), Clitemnestra (su esposa), Aegisthus (el amante de Clitemnestra), y Orestes y Electra (los hijos de Agamenón y Clitemnestra).  Esto funciona no tan contundentemente porque la trama tiene su propia libertad narrativa, guiada por un teatro itinerante, un grupo de protagonistas de las vicisitudes de su época. El teatro ambulante pone constantemente en escena  la obra teatral Golfo la pastorcilla, una historia de amor, muerte y traición, que se mezcla con todos los componentes históricos antes mencionados.

El filme de Angelopoulos resulta arduo de comprenderlo en su totalidad pero con todos estos datos y elementos en el conocimiento del espectador uno queda maravillado de semejante estructura y narrativa, tan compleja y completa. Hay que estar muy atento, en varios momentos escuchamos información histórica, como con los altavoces de la propaganda política que hacen como de voz en off, explicativa y contextual, aunque está inmersa en lo autodiegético.  En otros momentos lo vivimos, incluso simbólicamente, como narrativa, como cuando dos bandos luchan, unos disparan y otros corren y cambian de lugar, en una toma fija de una calle, de izquierda salen pobladores, luego salen de la derecha; o cuando soldados ingleses se burlan de la compañía de teatro y empiezan a forzarlos a bailar con ellos; está también la escena brutal de una mujer comunista violada como venganza a una acción paramilitar, mujer que luego le habla directamente a la cámara y detalla hechos históricos, la realidad del partido comunista; o esa escena en un bar donde mediante la música se dan arengas contra el gobierno monárquico y luego estos reaccionan y dan sus propias proclamas cantando. La música juega un gran papel en la propuesta, mostrando lo popular, sea la facción que sea, hay un tono llano en todo el filme.

El viaje de los comediantes es una obra monumental que fascina cuando entendemos todo el alcance de su propuesta, contada en varios niveles, con una manera próxima, bella y emotiva. La estructura de como fluyen los tiempos -que van y vienen- es otra imponente virtud, sobre todo porque a pesar de que el filme tiene 4 horas de duración contiene pocos cortes, generando una estética más personal y una filosofía con las largas tomas. Presenta mucha originalidad y variedad de expresión. Ganó el premio fipresci en el festival de Cannes de 1975.

viernes, 24 de marzo de 2017

Silencio

Durante el siglo XVII ante el miedo a la expansión del catolicismo en Japón, y lo que podía significar, el control colonial europeo, Japón prohíbe la práctica del catolicismo y se dedica a perseguir, castigar hasta matar o hacerlos renunciar, a los que profesan ésta fe, sean de su población o extranjeros. Dos padres jesuitas portugueses Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver) escuchan que su maestro, Ferreira (Liam Neeson), ha apostatado, tiene ahora nombre japonés y propia familia incluida, ellos no lo creen, saben que Ferreira estaba en un viaje de evangelización, y deciden ir a averiguar. Garupe y Rodrigues ven la fuerte situación que reina en Japón, pero practican el cristianismo en la zona, tratan de seguir su misión a escondidas a contracorriente de que el inquisidor Inoue (Issei Ogata) pone mano dura en el territorio.

Inoue luce algo ridículo, como una figura algo exagerada, pero también se manifiesta inteligente, su debilidad producto de la edad la suple con el enorme poder de su cargo, sabe bien el deber que tiene, se le siente que es para él algo personal, como el japonés que piensa que está defendiendo la gloria de su nación. La religión es solo el pico del iceberg, lo que esconde un orden y control político. El filme en manos de los padres jesuitas es un quehacer más inocente, al menos en lo que creen y profesan Garupe y Rodrigues, sienten que están propagando una necesaria verdad que atañe a todo hombre, buscando salvar las almas de los campesinos nipones.

No es casualidad la imagen del primer encuentro con Kichijiro (Yôsuke Kubozuka) que parece un perro callejero sucio, es el reflejo de la pobreza reinante y la dejadez del poder. En esa situación la palabra de Jesús cala profundamente, pero en lugar de solucionar el problema, la diferencia social, producto de la ideología y la estructura política, monárquica y feudal, les conviene mejor sólo usar la violencia, torturar, y hacer que renuncien e insulten al Dios cristiano, hacer que la superficie desaparezca.  Por cierto, Kichijiro da cierta risa, con lo endeble que luce, pero se entiende que es así por la fuerza con la que choca su fe. El temor a morir. Pero es a un punto increíble ver que a pesar de todo Dios –y los padres- le perdonan, le dan infinitas oportunidades, y él finalmente digamos que retribuye. Es la duda absoluta, medio un Judas cómico.

En el filme hay dos líneas de desenlace, que es lo que finalmente más importa. Una es la aceptación del poder japonés, la negación del cristianismo en suelo nipón, que va por Ferreira, quien argumenta de forma interesante (pero aunque lo niegue se debe su apostasía a la tortura fina y estratégica), aduciendo que Japón es un pantano donde no se podrán sembrar nunca ciertas plantas. En esa línea hallamos otra adaptación de la novela histórica de Shûsaku Endô, Chinmoku (1971), de Masahiro Shinoda, que es derrotista con el catolicismo, y triunfalista del Japón tradicional. La otra línea, la del genio Martin Scorsese, es la de que Ferreira es como un especie de Satanás, un tentador, imitando a la biblia, lo que es constante en el filme y más que seguro en el libro. Y la tortura, el salvar a los campesinos a cambio de la apostasía, los que le valen muy poco a los monárquicos, es un chantaje brutal, un subterfugio de implacable debilidad contra la fe, pero, ¿qué hace un padre ante esto? El filme de Scorsese ve el sacrificio, la entrega, y sobre todo el perdón de Dios. ¡Dios habla!, aunque parezca más una alucinación de la tensión. 

Otra discusión atractiva de la película es la que dice que los campesinos no saben bien lo que hacen, sobre entender la trascendencia, y que incluso no comprenden bien a quien le rezan ni por quien lo hacen (se dice que le rezan al sol), pero su devoción, martirio y muerte –aun en sus limitaciones- es acción suficiente para no pretender desestimarlos, porque la vida es lo más preciado que tiene uno (tenemos a Kichijiro para corroborarlo), como que todo hombre vale sin importar su humildad, cosa que no se comparte en el tiempo de la ambientación por los mandos japoneses ni por el renacido Sawano Chuan (Ferreira), y entregarla por una creencia religiosa es tal cual la aceptación de aquella visión de Cristo, uno se debe a ellos, a su respeto y honra. En ese sentido la intervención de Shin'ya Tsukamoto como un campesino creyente es de una emotividad maravillosa. Lo mismo que con el traductor aliado del poder japonés (Tadanobu Asano),  son contrastes magníficamente definidos, aun tan marcados.                                                                                                                      

jueves, 23 de marzo de 2017

Seijun Suzuki (24 de mayo de 1923 – 13 de febrero de 2017)

El japonés Seijun Suzuki es un director de culto, y para mi sorpresa tiene un cine bastante bueno, no se le suele mencionar mucho como otros de sus compatriotas, además de que se le conoce por haber hecho cantidad de películas de serie B sobre yakuzas para la productora Nikkatsu. Pero en los últimos años, trabajó para Nikkatsu por 11 años, empezó a tener problemas con la compañía, cuando Suzuki seguramente cansando de lo mismo empezó a complicar las tramas de sus películas y a hacerlas más avant-garde, al punto de que con Branded to Kill (1967), el culmen de las películas yakuza que hizo, lo despidieron. Suzuki ganó un litigio que entabló contra Nikkatsu pero tuvo que recluirse por 10 años en la tv. como castigo de las productoras.  

Gate of flesh (1964). La mejor película de Seijun Suzuki, así como Branded to kill es el pico más alto de sus historias de yakuza, Gate of flesh es el de otra de sus temáticas preferidas, la prostitución, pero aquí no hay una narrativa intrincada, y la rebeldía se asume como realismo y mucha dureza. La prostitución es el abismo donde no te permiten amar, de eso trata el filme. La sordidez de la vida de prostituta y el defender el territorio y la sobrevivencia de un modo de vida hace que las propias prostitutas canibalicen a sus compañeras. Les hagan la vida un infierno si pretenden dar sexo gratis, o sea, entregarse por amor. La narrativa es diáfana, pero está llena de potencia, su historia impacta, da cierta tristeza regirse al destino, morir pobre. A una mujer se le enseña a ser aprovechada y fría con alguien que pretende ser un marido, a otra a resignarse a ser la peor puta. Un hombre, un ladrón y asesino, Shintaro Ibuki (Joe Shishido) remecerá el pequeño clan de prostitutas protagónico. El filme se ambienta en la postguerra, la de la segunda guerra mundial, el ambiente está plagado de americanos. Suzuki muestra la degradación de los japoneses a través de esa aparente fiesta en las calles de la abundancia de prostitución, para los extranjeros, y los hombres nacionales no hacen nada, solo se acomodan, tratando de salvaguardar a ratos su honor con la violencia, lógicamente a escondidas. Shintaro por eso se comporta como un bruto, pero trae loca a más de una prostituta, es el semental. Estas se comportan lo más salvajes. Suzuki es duro, rehúye las formas clásicas. El filme fluye, cautiva, es franco y evita los romanticismos, salvo buscar la poética de los sufridos, de los derrotados, en un submundo que los engulle sin piedad.

Tokyo Drifter (1966). Tiene una sencilla banda sonora, pero de aquellas que entusiasman, hecha por Hajime Kaburagi, y es una película muy simpática y entretenida. Sobre un yakuza que es un especie de ronin, el que huye de una facción de la mafia producto de ser un tipo leal y valiente. Es la historia que enaltece a ese héroe que es el más bravo de todos, aunque el más dejado. El que no puede huir de su pasado, y viste como un pimp. El filme posee un toque sesentero de libertad estética, colorido, y previsualiza al cine coreano moderno, al noir más plástico.

Branded to kill (1967). Considerada su obra más famosa, reivindicada con los años y convertida en película de culto. Es una propuesta que no se toma en serio, que es irreverente, nunca mejor explicado en que el final del filme se asemeja a un show de cachascán. A la vez es adictiva con la adrenalina e intensidad argumental que propone, como la escena en el muelle con el carro como escudo frente a una emboscada de francotiradores, los asesinos colocados en un propio ranking criminal y una femme fatale que colecciona mariposas disecadas. Finalmente el antihéroe yakuza Goro Hanada (Joe Shishido), aficionado a ir tras el olor del arroz hirviendo, deberá enfrentar a la mafia y al hitman Nro. 1, cuando él es el Nro. 3 y quiere ser el primero.

Tsigoineruwaizen (1980). Es parte de una trilogía y donde se reinventa Seijun Suzuki, con historias que llevan terror. Tsigoineruwaizen es una película maravillosa, pero exige paciencia, porque se cocina muy despacio, tiene una duración de dos horas veinte minutos y enseña momentos como para generar movimiento sin mucha trascendencia, como distracción, pero una vez hecho un pacto que parece una locura y un juego, algo suelto u ocurrente propio de un tipo de personalidad, entre dos mejores amigos y maestros muy distintos, que a escondidas del otro se intercambian las esposas, genial Michiyo Ohkusu como la esposa de aire pervertido, la historia finalizará en una película compleja y perversa, donde una estancia de vacaciones brindará alternativas macabras. Es un filme que te dejará pensando, pero sobre todo donde existe un buen manejo del miedo. La película tiene varios matices, es extraña y tiene humor idiota, pero también un aire serio y oscuro ubicado en la era Taisho.

sábado, 11 de marzo de 2017

King of the Belgians

El rey de los belgas visita Estambul, Turquía, y al escuchar que una región de su país, Wallonia, que es la mayor extensión del territorio belga, se ha separado e independizado de Bélgica, decide volver al país y enfrentar la situación, salvar la existencia de Bélgica, sin embargo un problema climático, una tormenta solar, le impide el retorno habitual, no hay vuelo alguno con este clima, y para peor la seguridad turca le restringe el retorno por protegerlo. Nicolas III (Peter Van den Begin) participa además de las reuniones turcas de un documental de propaganda para su figura, del británico Duncan Lloyd, y éste le propone irse, “escaparse”, en un ómnibus de unos músicos folclóricos búlgaros, el rey acepta, y es cuando junto a tres miembros de su administración que emprenden el viaje de retorno en la presente road movie, comedia y mockumentary.

King of the belgians es una película muy ligera con un sentido del humor híper suave, a ratos ni se percibe y es más una historia llevadera, mínima, puede que hasta nos produzca cierta desidia tanta simplicidad, no obstante tiene un toque benigno que puede ser agradable, desde el punto de vista que se le vea. El rey atraviesa los Balcanes, a los que un asesor denomina de conflictivos, como quien teme que algo peligroso pueda suceder, igualmente se escuchan comentarios políticos en tono leve sobre la integración de Turquía a la Unión Europea.

El filme tiene demasiado de sutil y ligero que su cuota política puede hasta pasar por desapercibida, y verlo como un simple filme de pequeñas aventuras, ver al mismo rey de los belgas atravesando la vida llana, y discutir la necesidad y sentido de la monarquía de paso de manera apacible (quizá nos esté diciendo la película, medio sin querer, que su presencia es totalmente irrelevante), mediante un ordinario viaje por carretera, hasta llegar a querer cruzar en un pequeño bote a motor el territorio balcánico y caer en una Albania que parece algo bárbara y no brinda un trato especial. Nicolas III es la humildad, candor y simpatía en persona, y más parece uno más del grupo, no presenta ningún tipo de distinción, puede ser hasta ya demasiado común y sernos indiferente, o quizá tanta normalidad pase por propagandística. Falta malicia, sea en su persona o hacía él. La propuesta de Peter Brosens y Jessica Woodworth es un relajo total, no existen estridencias ni espectáculo, su trama es la austeridad amable en pleno ejercicio.  

jueves, 9 de marzo de 2017

Buzzard

Marty Jackitansky (Joshua Burge) es un estafador de poca monta, engaña al sistema –del que reniega- siempre que puede, a cambio de pequeños montos, pero este es su medio de vida prácticamente porque es un slacker en realidad, aunque trabaja de empleado de un banco, donde suele evitar todo esfuerzo. Su mayor estafa es usar cheques cambiados de nombre. Un día se siente a puertas de ser atrapado (por un comentario), entra en paranoia y decide escapar. Primero se esconde en el sótano de un compañero de trabajo, de Derek (el mismo director del filme, Joel Potrykus), y junto a él en su estancia saca todo su lado infantil, lo que lo persigue, hasta haber diseñado un guante igual al de Freddy Krueger con un aparato del Nintendo. Luego decide esconderse en la parte poco agraciada de Detroit y surgen más aventuras.

Marty y Derek son perdedores y algo patéticos, por lo que Marty aun con tanto defecto a cuestas por otra parte se hace entrañable o uno siente conmiseración hacia su persona. Tal es el caso empático de adorar las películas de A Nightmare on Elm Street y verlas en pósters por todas partes de su casa. Marty es un fan del cine de terror y del heavy metal. De todas formas Marty es un desadaptado y tiene arranques de ira, esto crecerá y llegará a convertirlo en alguien peligroso. Marty también no se guarda nada, es muy libre en todo sentido, sumado a su inmadurez, que tiene de graciosa, simpática y de ridícula. En un momento se tira vestido con una bata de baño blanca a la cama de un hotel a comer espaguetis y se ensucia como un niño. Por la calle es todo un freak, suele usar máscaras de Halloween.

El filme expone a una América con gente que no puede ni se esfuerza –quizá por derrotista- en surgir en la vida. Aunque a su esencia se le señala de culpable, por lo infantil, lo abandonado, lo solitario y metidos en sí que están, y hasta medio locos, distanciados un poco de la realidad, si uno se pone en su pensamiento sería porque el sistema sanguijuelea al pueblo y ser slacker es la respuesta antisistema. El filme de Joel Potrykus muestra crítica social en un empaque de bajo presupuesto, y fabrica una propuesta contundente. También es divertido verla y no sólo por su humor negro, pensemos en los juegos entre Derek y Marty, quienes actúan libremente, como con la competencia de comer el máximo de snacks del tipo de los doritos sin usar las manos. Buzzard es una película inteligente, como que además tiene para convertirse en una película memorable del séptimo arte.