domingo, 25 de septiembre de 2016

La academia de las musas

Siempre es agradable ver que para hacer cine no es necesaria una enorme cantidad de dinero, actores famosos ni grandes efectos especiales, solo arte e ingenio, lo cual tiene mucho este filme del español José Luis Guerín. La academia de las musas puede ser emparentada con el cine independiente peruano,  con tan solo algo de mayor calidad estética, pero con mucha más audacia argumental. Posee tomas medio incómodas y poco laboriosas como detrás de vidrios, ventanas o dentro de autos vistos desde afuera. El filme es mucho diálogo, su arma principal, trabajando la idea de que la palabra es sumamente importante, por encima de la estética. Las musas y el profesor que las teoriza lo creen fielmente, lo defienden y lo practican, hasta que vemos el aprovechamiento en el asunto, aunque no se llega a confirmar.

La propuesta se sostiene de la enseñanza universitaria del profesor y filólogo Raffaele Pinto, que como parte documental se representa a sí mismo, el que da cátedra en la universidad de Barcelona, impartiéndola en catalán, español e italiano, teniendo una audiencia mayormente femenina, su target, a la que les imparte una lección sobre ser una musa en el mundo contemporáneo y es ahí que entra a tallar la ficción, tomando de partida la manipulación del concepto de las musas de la mitología y en especial de la literatura, como la Beatriz de Dante Alighieri, que valga la anotación es una creación de él.

De lo que se trata es que Pinto arenga a sus alumnas, de distintas edades, pero muchas muy bellas, a ser mujeres bastante modernas, decididas, independientes, feministas, libres y de iniciativa, con lo que las deslumbra, no únicamente como tradicional inspiración poética, tratando con otro tipo de poética, sino sale a relucir una poderosa relación con la sexualidad, y existe un escondido truco de patriarcado de parte del maestro.

En la teoría del filólogo surge una contradicción en la práctica, saltando la pregunta ¿es todo una farsa o hay un hueco en la teoría? Al caer en la telaraña del catedrático. ¿Son quizá estas mujeres ingenuas o finalmente superficiales?, y se devela una corrupción y una falencia a sentirse atraídas mediante la intelectualidad masculina, o la seducción de la palabra, lo cual suele ser intachable por lo general, y resulta en el filme una construcción crítica pequeña, pero original, en comparación a lo físico. Estas mujeres incluso ven a los medios tecnológicos como grandes puertas para vivir una atracción intelectual, ser afín a la buena palabra, no obstante terminan de la misma manera a lo real, también engañadas y usadas, aunque complacidas en sus expectativas,  disfrazada la superficialidad común de la aventura del seductor barato.   

El filme pone a alguna alumna a dudar del profesor, sintiéndose silenciada, más no motivada a ejercer su individualidad, pero pronto el rebaño defiende a la Academia (cuna de su supuesta libertad y liberalidad poética), mientras que por otro lado la esposa del catedrático es como un pequeño monstruo –e irónico y eficaz cliché- que discute con él y no resulta fácil de convencer, porque se ve excluida o quizá ve la treta que esconde finalmente su marido, delatado por sus viajes, a Cerdeña o Nápoles.

En el filme entra a tallar la puesta de un ingenioso escenario y narrativa donde la vulgaridad humana, la infidelidad, el tratar de seducir a las mujeres por sexo casual y el ser contrario al patrón de dicha seducción se manejan a través de un mecanismo de intelectualización, el que dura en el filme un ciclo académico universitario, de noviembre a marzo, expuesto en lo central de manera entendible y perfecta, y que justifica plenamente haber obtenido el máximo premio en el Festival de Cine Europeo de Sevilla 2015.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Bitter money (Ku Qian)

El documentalista chino Wang Bing ausculta la realidad de su país mostrando la problemática interna del pueblo y del ciudadano y hombre común, en esta oportunidad se trata de lo que se describe de un inasible e ilusorio sueño de hacer mucho dinero tras la idea en toda actualidad de la fertilidad económica china. La gente se mueve de las provincias y de la pobreza a la gran ciudad en pos de enriquecerse, o tan solo vivir bien, pero lo que encuentran es lo que indica el título, dinero amargo, una enorme cantidad de trabajo y muy poca redención económica.

Wang Bing posa la cámara en el lugar clave, oscuro, aunque a través de una cierta engañosa apacibilidad y naturalización, pero que al meternos en profundidad en su narrativa devela exceso de enojo, cansancio y tensión. Su documental atrapa momentos de lastimosa realidad, descubriendo una situación de explotación, de miseria y de frustración. La gente que sigue la cámara ubicua y un Wang Bing que está hasta en el lugar menos pensado muestra cómo viven los trabajadores, en espacios muy pequeños, descuidados y compartidos, entregados por los dueños de las pequeñas manufacturas textiles, el mundo laboral del documental.

El filme se arma encadenando las historias de estos trabajadores, salta de la exhibición de uno al otro relacionándolos desde un punto compartido, como ser compañeros directos de trabajo. La propuesta que dura 2 horas 30 minutos empieza enseñándonos a una chiquilla de 16 años que viene de la provincia de Yunnan por tren a la China próspera del este detrás de un sueño. Pasa a continuación a una compañera que es maltratada por su marido a quien le pide dinero, una violencia que sucede frente a otra gente que no interviene, y que incluye a Wang Bing y su cámara. La humillación, pasividad y terquedad de la mujer es otro vivo retrato de la situación.

Otro caso es el de un hombre de mediana edad que vive alejado de su familia el que yace inmerso en el alcoholismo. Mientras otro trabajador, un muchacho de 19 años, tira la toalla ante la exigencia de un monto demasiado elevado de trabajo, anticipándose a la derrota decide regresar a su pueblo natal. En el filme el alcohólico en un momento bromea con una compañera de trabajo que igual que él tiene a su familia lejos y le propone -nada sutil- que debiera tener un affaire para paliar la pobreza y el exceso de labores, ponerle una historia –aunque reprochable- a esta invisibilidad y reducción de humanidad. El escenario luce propenso para  un melodrama romántico de pobreza. No obstante Wang Bing nos ilustra bajo una frialdad y sequedad observacional, deslindando el filme de la superficialidad y el regodeo de la porno-miseria, poniendo al espectador a cotejar una realidad que lo puede identificar fácilmente y que pide seriedad. Es la fuerza de la gente la que impide que el sufrimiento sea lacrimógeno, pero  el problema está ahí latente, el dinero amargo, el que existe tan solo para subsistir y exige dejar la vida en el trayecto. 

Tres preguntas claves al crítico de cine Roger Koza

Roger koza (1968) es un crítico argentino de los más respetados e interesantes que hay. Ostenta una cinefilia y crítica exigente y a la vez sensible. Escribe en el periódico de Córdoba “La Voz del Interior”. Tiene un blog “Con los ojos abiertos” y un libro del mismo título publicado el 2004. Ha tenido un programa de televisión de cine “El Cinematógrafo”, y actualmente tiene un programa de radio “La oreja de Bresson”. Es programador del festival Ficunam, que le pertenece a la Universidad Nacional Autónoma de México, el cual es un festival chico pero muy especial, con una selección de películas de lo más originales y artísticas. También es programador del festival de cine independiente de Cosquín (FICIC) y del festival de Hamburgo (Alemania).

1.- ¿Qué es para ti el cine? Pregunta aparentemente fácil, pero que es cuestión de imaginación y auto-conocimiento, que la han respondido directores famosos, y siempre es un descubrimiento.

Tres respuestas para una misma pregunta que son en verdad una sola respuesta.

El cine es una práctica observacional sonora cuyo nacimiento dependió de la invención de la cámara. En este sentido, el cine es un escalón más de un deseo por expandir la percepción física del ojo sustituyendo el alcance de la mirada orgánica a través de instrumentos mecánicos. Como dijera Jean Epstein: primero fue el telescopio, luego el microscopio, finalmente la cámara.

El cine también es, como lo señalara el gran Henri Langlois, la universidad del pueblo. Sigo yendo al cine para obtener conocimiento y mitigar mi ignorancia. Entiendo el cine como una práctica destinada a curiosos y aventureros del saber.

En vez de “cine” diré ahora “cinematógrafo”. Eso que sucede entre sonidos e imágenes puede dar como resultado una organización sensible del mundo capaz de modificar la experiencia que hacemos de los objetos, la naturaleza y los hombres. ¿Qué es el cine? Una modulación sensible.

2. ¿cuál es la experiencia inicial en tu vida que desarrolla tu cinefilia, o el lugar de experiencia inicial que consideras más marcado(s) en ti o que recuerdas especialmente?

Mi cinefilia nace de algunos viajes en mi infancia vinculados al cine y realizados junto con mi padre. Los viajes a Uruguay y un poco más tarde a EE.UU., en el primer caso de vacaciones y en el segundo en búsqueda de una posible vida lejos del delirio castrense argentino, constituyeron mi propio mito de origen como cinéfilo. En el cine de Maldonado, las películas de John Ford y Samuel Fuller, sin saber que eran ellos los directores, pertenecen a mi pasado cinéfilo; en Miami, ciudad que aborrezco, excepto por estos recuerdos cinéfilos, conocí a Kubrick, Fosse, Bogdanovich, Lynch y Friedkin.

En todo acto simbólico de importancia hay que matar al padre. Ese acto sucedió en la adolescencia, discutiendo con mi padre y empezando a recorrer mi propio camino. Mi primer film fue entonces Mi tío de América, después Querelle, Las alas del deseo y El sacrificio. En 1986, había asesinado a mi padre completamente. La última vez que fuimos juntos al cine fue al estreno de Bleu. Nos gustó a los dos. Para mí, en ese momento, él era simplemente Carlos, más que un padre, yo quien soy, y no solamente su hijo.

3. Menciona 5 películas que describan tu mundo cinéfilo, y ¿por qué?

La noche del cazador: en el momento en el que los chicos huérfanos escapan en bote se lanza en el film de Laugthon un cine onírico poético que es para mí la condensación más firme de lo que entiendo por cine y de por qué lo amo profundamente: fuerzas notables del psiquismo se ponen en marcha, se objetivan, fluyen como imágenes y sonidos. Es una verdadera maravilla.

Las estaciones: Pelechian es el más grande de todos. El trabajo, el ocio, la relación con la tierra y los animales, la pertenencia a una cultura, todo eso se ve en esta sinfonía naturalista acerca de la vida de los armenios.

Hechizo de tiempo: aún recuerdo su estreno a sala vacía; mucho después se transformaría en un clásico indiscutible. Gran película sobre la repetición, tema fundamental en el cine y fuera de él.

La casa está oscura: cada vez que veo el film de Farrozhad no logro entender cómo pudo trabajar una dimensión poética en un leprosario y hallar una contundente prueba de resilencia ahí en donde la misma carne encuentra su podredumbre temprana.

Al azar Balthasar: podría elegir cualquier film de Robert Bresson e incluso cualquier final de todos estos. Las secuencias finales de El dinero, Pickpocket, Mouchette están entre las mejores de la historia del cine. Sin embargo, la secuencia final del viejo burro muriendo entre otros animales es probablemente la secuencia más misteriosa que se haya filmado jamás respecto de una muerte.

Tierra: Nunca vi el film de Dovzhenko en 35 mm; sí en pantalla grande, porque lo pasé en varias funciones de cineclubes con traducción propia en los intertítulos. ¿Qué decir? Todo es perfecto en ese film, pues nadie sabe filmar la secreta amalgama que se establece entre los hombres y la Tierra, y como si eso fuera poco, en clave emancipatoria.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Parque Lenin

La ópera prima de la francesa Itziar Leemans y el mexicano Carlos Mignon trabaja con dos lugares muy distintos, Cuba y Francia, mientras en el país latinoamericano se vive una vida de mucha austeridad, en el país europeo presenciamos una visión de la mayor modernidad, así se exhibe en el filme, en total naturalidad. Yesuán y Karla son dos hermanos, con Yesuán a cargo de la adolescente Karla, casi como un padre, en ausencia total de uno y de la muerte de no hace muchos años de la madre. Ellos viven en Cuba, y llevan una existencia de tiempos libres, él se tatúa, ella practica danza, juegan a las cartas, van a la playa, ella lava los platos, él hace trabajo de gimnasio en su casa. No hay mucho que contar de ellos, pero son felices, ríen, se dejan llevar por los días. Antoin es su hermano mayor y es gay, quiere ser cantante de ópera y estudia en Francia, tiene un gran sueño y tiene que trabajar mucho para alcanzarlo, debe perfeccionar su francés y su voz, entrena por ello con especialistas, mientras en el entretiempo practica vóley, aunque lo veamos esperar en la banca una oportunidad para jugar, tal cual desarrollar una carrera de cantante, para la que se prepara con dedicación y fijación, casi como si no existiera nada más alrededor. Antoin tiene una vida algo sofisticada. Karla y Yesuán una muy simple, como son ellos, pero también vitales en sus nostalgias, gracias y cariños. El documental es muy básico, no hay nada extraordinario en realidad, lo que trata es de vínculos de sangre y formas de vida, semejante a sacar del anonimato a alguien de la multitud, una persona como cualquier otra, y aun así todo ser humano tiene algo especial que mostrar, o simplemente se trata de una humanidad que siempre interesa, en mayor o menor medida. 

Train to Busan (Busanhaeng)

Una película que podemos comparar con Snowpiercer (2013) ya que la mayoría del metraje ocurre en trenes y hay combates en su interior, aunque no soy de los que valoran mucho la película de Bong Joon-ho donde hay mucha idiotez disfrazada de originalidad y en otras a secas (en mucho de los vagones hay descubrimientos ridículos), tómese en especial la lección del zapato del personaje bufonesco de Tilda Swinton sobre la inferioridad de la mayoría de los pasajeros y un trazo grueso sobre la lucha de clases que está en todo el filme (lo de la comida hecha con cucarachas ya es el colmo de lo risible), como niños explotados mediando mensaje a la consciencia, o un desenlace bastante bobo con discurso pseudo trascendental de Ed Harris, un especie de Dios, y encima una actuación pobre de Chris Evans haciendo de héroe con dudas.

Snowpiercer sonaba muy bien en el papel, pero ver el filme ha sido otra cosa, todo su omnipresente enfoque social mata la acción y el entretenimiento, que en el caso de Train to Busan funciona muy bien porque es la adrenalina y los combates con zombies lo que se impone, descontando algunos intentos de enviar mensajes éticos y altruistas al público, como en el protagonista y padre Seok Woo (Gong Yoo) que yace en un trabajo mercantilista y aprovechado de los pobres, metido en el materialismo del capitalismo ciego y extremo, o, peor, en el empresario caricaturesco (Kim Eui-sung) que es capaz de sacrificar vidas –literalmente- por salvarse sólo él, ¿qué se puede decir?, es el simpático melodrama de la redención del amor paterno y la figura del mal de lo convencional y fácil para plantear y estructurar una historia que quiere ganarse a un gran público.

El director coreano Yeon Sang-ho antes fue osado y minoritario con sus dibujos animados híper violentos y revolucionarios (The king of pigs, 2011; The fake, 2013), y lo que suele ocurrir es que uno termine aflojando, ante la falta de reflectores y reconocimiento, y vengas a dar el salto a lo amable tras lo popular, y eso es lo que busca con esta película de zombies en acción real. Sin embargo más allá de esta anotación, el filme es muy atrapante e intenso (y otro tipo de reto en conseguir un blockbuster de zombies), también muy divertido. Los zombies no son novedad, pero el director coreano se las ingenia para tener éxito, de manera sencilla, por medio de altas dosis de lucha contra estos, que hasta se atropellan en montañas de cuerpos, agregándoles la ceguera en la falta de luz con lo que genera escenas audaces al ir a los rescates.

Train to Busan sacrifica a medio mundo en su película de sobrevivientes y catástrofes, acertando en poner a los actores por debajo de la trama, dándole prioridad a un aniquilamiento atroz, apocalíptico, no obstante haciendo que Sang Hwa (Ma Dong-seok), alguien parecido a un pro wrestler, se zafe a ratos fácilmente de los zombies a puño limpio, salvedades del entretenimiento, pero donde finalmente la propuesta hace valer el desborde de la amenaza.

Los trenes bala coreanos, los KTX, son un escenario claustrofóbico y funcional bastante eficiente, hacen del asunto más peliagudo para subsistir, provocando encuentros novedosos, de lo que se agrega salir de los trenes e intentar volver a estos intactos en busca de un lugar protegido, creando nuevas aventuras y retos, en pos de sobrevivir, meollo básico –suficiente, hay que decir- del filme.  Train to Busan no es la quinta maravilla tampoco, como se anuncia, pero, sin duda, es un buen filme, muy placentero, dentro de un subgénero del terror que muchos ven (casi) agotado, y se han equivocado, tiene para rato. Gloria a Train to Busan, entonces.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

The Handmaiden (Ah-ga-ssi)

Encontrarse con esta película es encontrarse con la sofisticación, el portento coreano Park Chan-wook vuelve a la ruta de los grandes con este filme, tras fallar con Stoker (2013). Este se divide en tres partes. La primera es desde el enfoque de la nueva criada personal  de una mujer privilegiada, llamada Sook-Hee (la novel pero muy prometedora Kim Tae-ri), una carterista de pocos recursos económicos y una familia a cuestas contratada para que un falso Conde, Fujiwara (el talentoso Ha Jung-woo) se haga con la fortuna que heredará Lady Hideko (otro puntal de talento, Kim Min-hee). El enfoque muestra todo un plan siniestro, mientras en medio están las perversiones de los juegos sexuales del tío Kouzuki, que supuestamente debería de cuidar de Hideko y más bien la viene maltratando desde niña, además de que también aspira a quedarse con su fortuna. Luego de un imponente despliegue de seducciones y acondicionamientos que incluyen el amor en el lesbianismo, mediante un conseguido y laborioso erotismo (tomando en cuenta que Park Chan-wook es un maestro de la estética), surge un segundo enfoque y giro narrativo, la historia se complementa, se contrasta y se corrompe, he ahí la admirable sofisticación del filme que nada tiene que envidiar a la literatura (que, sea dicho de paso, adapta Fingersmith, de Sarah Waters, novela publicada el 2002), en la bisagra entre las dos historias contadas desde una cabeza distinta. El segundo enfoque lo provee Lady Hideko, e inserta un nuevo plan siniestro, siempre tras quien se quedará con la fortuna a heredar, sumado al manejo y el escape de las garras de los tramposos y aprovechados. Lady Hideko hace de mujer inocente y de arpía. El filme se sostiene no solo por la ambición desmedida y el arribismo dentro de las esferas de la opulencia y el refinamiento que esconde la vulgaridad y lo ramplón de sus criaturas disfrazadas, sino  de la misma forma del amor que lo puede todo, para lo que en una trama ambientada en 1930 hace uso de cierta revolución sexual. La tercera parte une cabos, define las dos vertientes y a sus acompañantes, da algunos giros, en el que es un filme que maneja los ángulos perfectamente, como posibles conclusiones, y nuevamente es admirable ver que todo queda muy bien interrelacionado sin que el panorama se vea absurdo o incongruente, en lo que es asistir a una continua sorpresa tras otra. La tercera parte también aunque cumple su cometido decae un poco y termina dándoles fin a cada personaje de forma cumplidora y poco afín a la complejidad que ha desarrollado previamente, pero no podemos ser mezquinos y lapidar el filme por algo tan pequeño que tampoco es el mal, porque el filme es realmente grandioso. 

lunes, 12 de septiembre de 2016

Francofonia

Mientras un barco carguero que transporta obras de arte parece a punto de naufragar el director del filme presente Aleksandr Sokurov conversa por skype como puede ante la mala recepción con un amigo que se encarga del transporte marítimo. La voz en off de Sokurov explica y señala el camino de la exhibición de la historia del Museo del Louvre, en especial durante la ocupación nazi de Francia, permitiéndose hacer un documental a su regalado gusto y estilo, con ciertas extravagancias y ocurrencias, teniendo ratos de ficción donde recrea a los dos principales participes de haberse resguardado las obras de arte del Louvre durante la rapacidad del arte por los nazis en los países ocupados por ellos, uno es el director del Louvre de ese entonces el pequeño burgués Jacques Jaujard y el otro el conde alemán Franz Wolff-Metternich (encargado del Kunstschutz, la conservación del arte durante la guerra) quien era un militar aristocrático y verdadero amante del arte por sobre cualquier cosa, incluyendo la política, por lo que entablaron una amistad que duraría hasta después de terminada la segunda guerra mundial.

Vemos a estos dos hombres interactuar en la recreación de esa etapa oscura de la historia europea, donde pone la mano, en la llaga, Sokurov, hablando además de una Francia dócil. El filme antepone el arte, la pasión, devoción, significado y respeto por el culto al humanismo artístico, ya que el arte simboliza lo que nos enaltece y describe como seres humanos, de ahí que su conservación sea como rescatar el alma de la humanidad, y eso entienden muy bien Jaujard y Metternich que hicieron todo en sus manos por protegerlo.

Sokurov moviliza a una tal Marianne,  una especie de clown que representa a la República y su declaración de derecho en el lema “Libertad, igualdad, fraternidad” que suena algo irónico enfocándose el filme en la II guerra mundial y en la pasividad francesa de la época. Otro que aparece de pronto es Napoleón Bonaparte reclamando homenajes, tonteando por ahí, sin darle mayor importancia. Sokurov también intenta hablar con Antón Chéjov y León Tolstói quienes duermen, guardan silencio. Otro punto es que el director ruso muestra que su patria fue brutalmente atacada por los nazis, tratada muy distinto a Francia y a su conservación del arte, fue como querer borrar a Rusia del mapa en todo sentido, invocando enorme odio al bolchevismo.

Francofonia rinde transversalmente pleitesía a los museos más grandes del mundo, y al museo en sí considerándolo un lugar trascendental para cada país y su identidad (se pregunta, ¿Qué sería Francia sin el Louvre?), como El arca rusa (2002) lo hacía con el museo del Hermitage en el actual hogar de Sokurov, San Petersburgo. La obra presente utiliza archivos espectaculares, de primera mano, manipulándolos para hacer de Sokurov un historiador con un estilo visual muy libre, expresivo y plástico, en donde el ruso hace un filme con opinión y es crítico y hasta irónico a ese respecto, aun cuando el propio Louvre se lo encarga y es el productor del documental.

domingo, 11 de septiembre de 2016

No respires (Don't Breathe)

Posesión infernal (2013), el debut del uruguayo Fede Alvarez en el largometraje consiguió mucho entusiasmo alrededor, con la venia del propio Sam Raimi que hizo de productor impresionado con los cortos de Alvarez, teniendo el reto de hacer un remake de una película de terror de las mejores que hay en el género, The Evil Dead (1981), pero en lo personal la película me pareció muy normal, ni sobresaliente ni terrible, aunque en parte olvidable, quedando bien lejos de su predecesora gloriosa. La siguiente, la que nos convoca ahora, No respires (2016), ciertamente es una muy buena película de terror. En esta se cambia el patrón de la invasión de casas, donde tres muchachos ladronzuelos con sueños de huir a California y tener una mejor vida que la de la crítica Detroit, con una protagonista, Rocky (Jane Levy), con una madre de relaciones ligeras y explotadora y una niña inocente a su cuidado, planean el robo de sus vidas, a un ex militar ciego que tras la muerte de su hija en un atropello recibió tremenda indemnización. El plan parece fácil, robarle a un discapacitado que vive solo y alejado del mundo, no obstante el cambio de expectativas viene a ser que el hombre es un ser oscuro, como un monstruo que se mueve entre tinieblas en un especie de bunker que es su hogar. El ciego hará de cazador de los pretendidos cazadores, para lo que los tres jóvenes caerán en un trampa laberíntica con un sujeto armado y bien entrenado que aprovecha la oscuridad para realizar sus venganzas.

El filme descubre un lado siniestro del ciego (Stephen Lang) que es excéntrico, por no decir algo ridículo, jugando un interesante dispositivo en hacer de una supuesta víctima un tipo cruel, frío, calculador, el cual se mueve como el monstruo de Rec (2007) en las tinieblas, y tiene un perro que provoca una escena en un auto que recuerda a Cujo (1983). Las caídas de altura también son un espectáculo en la película aunque con muy poca luz, como lo es el moverse por los recovecos de una casona interminable entre alarmas, sótanos especialmente adaptados, conductos de aire y un patio con jardín abandonado. Alvarez genera muchos escapes, cuando el ciego acecha y quiere matar a los intrusos, que son solo jóvenes sin mayores habilidades ni fuerzas con el deseo de salir con el dinero de una casa complicada. Los ataques y contraataques, en medio de las miserias personales y algún secreto perverso hacen valioso el filme.

Alvarez otorga humanidad a sus ladronzuelos, el afable Alex (Dylan Minnette) que tiene toda la figura del muchacho sensible, Money (Daniel Zovatto) el chico malo y rebelde pero de figurita, hasta especialmente Rocky y su mariquita como válvula de escape y motivación.  Lo bueno del filme es que el director mueve los hilos casi sin concesiones por ningún personaje, incluyendo al ciego, manipulándolo bajo las apariencias, pero articulándolo como un feroz sujeto. Ya lo dice el arranque cuando arrastra un cuerpo como un saco de muerte. Es una película entretenida de principio a fin que a los 15 minutos de empezada ya están metidos los chiquillos en la casa, y a los 30 ya hay un cadáver, el final también es bastante decente en el que es un filme directo al grano con acción a raudales y pocos, pero precisos datos.

No respires se suma a las destacadas películas de terror con ciegos, como Sola en la oscuridad (1967), de Terence Young, con una historia compleja sobre unos embaucadores y un psicópata tras una muñeca y su tesoro en las manos casuales de una sagaz e invidente Audrey Hepburn; y Terror ciego (1971), de Richard Fleischer, un filme funcional y sencillo, con Mia Farrow de ciega e indefensa en una casa de campo con un desquiciado de botas texanas rondándole, dentro de un prominente escenario de terror sin que se percate hasta bien avanzado el metraje. 

sábado, 10 de septiembre de 2016

The wailing (Goksung)

Las dos películas anteriores de Na Hong-jin, The chaser (2008) y The yellow sea (2010), son dos thriller magníficos, no obstante ahora el director coreano decide intentar algo distinto, pasarse al cine fantástico y de terror. Goksung es un pueblito coreano donde la gente enferma, se llena el cuerpo de horribles llagas, y se vuelve loca, como poseída por el mal, asesinando sin compasión ni motivo, generalmente a los propios familiares, a las personas que tienen más cerca, algunos hasta se suicidan. Con estos extraños asesinatos y enfermedad, el policía Jong-Goo (Do Won Kwak) un hombre torpe, pusilánime y pecador –y esto genera un especie de karma- participa de la investigación,  asunto que se transforma en personal cuando su hija enferma y es un peligro para su entorno. Jong-Goo empieza a curiosear sobre el caso y se entera de que la gente, proclive a los rumores, cree que un visitante japonés (Jun Kunimura), un ermitaño amante de la naturaleza,  es el culpable de lo que está sucediendo, observándosele merodear la zona.

The wailing es un filme de magia negra, superstición, fantasía, exorcismos, fantasmas y demonios, resultando curioso ver ritos de chamanismo en Corea, aunque, claro, todo lugar tiene su folclore, historias de posesión y mitos. El clima, las constantes intensas lluvias en la montaña, un especie de zombie rabioso apareciendo esporádicamente y un discurrir rocambolesco e impredecible hacen del filme uno divertido, sobre todo durando 2 horas y media. La propuesta se articula en el misterio, nadie sabe quién es el culpable a ciencia cierta, oscilando entre una mujer rara que aparece como testigo vestida de blanco y el extraño japonés que no suele hablar. Na Hong-jin crea muchos giros intercambiando al sospechoso una y otra vez, incluso con un chamán que viene supuestamente a ayudar, Il-Gwang (Hwang Jung-min). 

Jong-Goo mientras más se involucra va tomando valor, convirtiéndose en el héroe “improbable” de la película, pero a su vez volviéndose criminal, tratando de salvar a toda costa a su niña, con la que guarda un sólido vínculo de ternura y complicidad a toda prueba (la pequeña no lo juzga, se ríe y divierte con él). Como acostumbra el cine coreano su protagonista yace harto alejado del ideal, mezcla mucha corrupción y libertad en sus actos, pasando por toda clase de emociones, comedia, locura y expresividad, donde Do Won Kwak es pura intensidad típica coreana. El filme recuerda a I Walked with a Zombie (1943), de Jacques Tourneur, o en todo caso el espíritu de Haití se encuentra muy presente en toda la trama. La película no es tan sensacional como sus thriller precedentes, pero no deja de ser una obra atractiva, curiosa e intrépida. 

domingo, 4 de septiembre de 2016

El delator

Maravillas como My Darling Clementine (1946), Tres padrinos (1948) y El hombre que mató a Liberty Valance (1962) le pertenecen al director de esta propuesta, al igual que películas celebradas como Las uvas de la ira (1940), ¡Qué verde era mi valle! (1941) o Centauros del desierto (The Searchers, 1956), entre otras, al gigantesco John Ford. El delator (1935) ganó 4 premios Oscar, mejor director, mejor guion para Dudley Nichols, mejor banda sonora para Max Steiner y mejor actor protagónico para Victor McLaglen.

El filme se ubica en los 1920s con la búsqueda histórica y real de la independencia irlandesa contra los ingleses en manos de un ejército revolucionario, el ejército republicano irlandés, de lo que el contexto es bastante escueto, funcional, uno muy práctico y directo como lo es el cine de John Ford en general, lleno de intensidad, observando que el filme luce en mayor parte histérico, en el buen sentido de la palabra, acotando que ésta condición suele ser insoportable en la mayoría de películas, más no sucede esto así en la presente, aunque sí que produce un estado constante de tensión e inquietud, donde Gypo Nolan (Victor McLaglen, que también está espléndido en El hombre tranquilo, 1952, quien es lo mejor de ese filme, con perdón del legendario John Wayne), un tipo enorme, fuerte y rudo, harto primario (suele resolverlo todo con los golpes), aunque de buen corazón, al estar hambriento, desempleado y maltratado por la mujer que ama y lo ama, aparte de verla a puertas de prostituirse, se ve empujado por la subyugante necesidad, un estado de oscuridad y la falta de meditación a delatar a un amigo cercano y revolucionario buscado por los ingleses, a cambio de 20 libras, que para la época era un dineral.  

El viacrucis de Gypo Nolan no solo es la adaptación de la novela “El delator” del irlandés Liam O'Flaherty, también se inspira en la biblia, en la vida de Judas, como en los Tres padrinos (1948) en los tres reyes magos, apuntando de que la mayor parte de la obra de John Ford siempre suele tener presente la palabra y respeto por la biblia, como el modo de vida a esa vera, pero no solo es eso, desde luego, está la imperfección de todo ser humano, las “licencias” de la existencia, y la libertad y el error, como sufre Gypo, traidor que padece el sentimiento de culpa que no lo deja en paz, mientras miente y se escurre de ser ajusticiado por su grupo que yacen persiguiendo al posible soplón por temor a la destrucción de su organización (es él contra nosotros se suele decir cómo estribillo, mismo virus, teniendo al miedo como factor), de lo que se muestra un paralelismo con el líder de los rebeldes, Dan Gallagher (Preston Foster), y su amada, la hermana del sacrificado, del delatado, con la mujer de Gypo, Katie Madden (Margot Grahame). Todo lo que presenta un cuadro complejo de emociones, mezclando las necesidades con los afectos.

Gypo en todo el filme se dedica a beber y a dilapidar su dinero invitando a todo el mundo, hasta a algún personajillo secundario con intenciones de aprovechar el dinero ajeno que provoca el humor habitual de Ford, de lo que Gypo se hace notar torpemente (¡tiene mucho dinero!, ¿de dónde lo ha sacado?, contabilizan sus gastos, circula el deseo de ajusticiamiento, de venganza, se opone la mirada que lo huele como un desgraciado, un sucio traidor, hizo que muriera un amigo, un compañero), pero en el trayecto Gypo muestra su gran corazón en contraste con un acto negativo desesperado e inconsciente, llegando a ayudar a una prostituta para que vuelva a su casa (otro punto del cine de Ford es la mirada indulgente y afectiva hacia las prostitutas).

La organización sospecha desde un principio de Gypo y hay en el grupo quienes no lo quieren y desean matarlo de inmediato, pero Dan como líder justo se opone y decide mandar a averiguar, para él es solo una necesidad y obligación eliminar al soplón. El tiempo corre –dentro de un magnífico ritmo- creándose a ese respecto una ansiedad en el espectador para con el protagonista al ver y sopesar -como en un filme de Hitchcock- las circunstancias y el escenario en todo calor y exposición, el fin que acecha al que pierde el tiempo y se deja ver.

El imponente Gypo con la conciencia intranquila, bruto como es, con su rostro preocupado en todo momento, emocionalmente escapista, explota la vida al límite, en una sola noche, tal como un tipo condenado al paredón, atinando solo a emborracharse, a pelear a puño limpio como reflejo y a no tratar de pensar, dejándose a la suerte, olvidando incluso buena parte de las necesidades que lo impulsaron. En ello Ford pone continuos destellos de culpa, en el cartel de la recompensa.  Victor McLaglen se revela como un tipo llanamente expresivo, repetidamente compungido y llorón, igual al monstruo de Frankenstein apreciando la repulsión de la multitud y el peso de su propia brutees. Mientras tanto la familia del delatado y supuesto cerebro Frankie McPhillip (Wallace Ford), muerto idéntico a un noir, es una familia bíblica.