jueves, 25 de septiembre de 2014

Borgman

La última película del holandés Alex van Warmerdam a diferencia de lo que muestra su filmografía no se articula sobremanera en el humor negro, que es más complicado de percibir en esta oportunidad, o más discreto ante un dominante mensaje y la intervención de géneros, siendo el lugar donde suele moverse, destacarse y ser ingenioso, como señalan obras como De Jurk (El vestido, 1996), a la que finalmente Borgman se le parece en el estilo, o De laatste dagen van Emma Blank (Los últimos días de Emma Blank, 2009). Nos presenta un thriller tanto como un drama donde se mezcla la lucha de clases y lo fantástico bajo el pseudo realismo.  

El elemento fantástico arranca/se-insinúa desde el comienzo, cuando Camiel Borgman (Jan Bijvoety, al que primero se le percibe humilde, débil, luego circunspecto y amenazador. En un accionar que implica la consecuencia de la indiferencia ante la necesidad  y la carencia ajena, de la mano de la desconfianza y la falta de sensibilidad. Una lectura humanista/socialista que subyace continua, a la par de lo sobrenatural) y dos de sus compañeros salen del subsuelo de una zona boscosa –viven en cabañas subterráneas, en plena oscuridad, si bien usan celulares y se ven como cualquiera, quitando el elemento de lo que parece alquimia moderna, subyugación mental; lo que indica una noción de amalgama, véase una “nueva” lectura social que recorre el filme, si bien deriva también en algo arbitrariamente cómico, irreverente; casi inclasificable, como pretende la propuesta en general- en pos de huir de unos cazadores que van acompañados de un cura, semejante a si se tratara de una persecución del género de terror, contra identificados monstruos, o lo que parece ser después el protagonista, por una posición nocturna bastante sugerente, el estar desnudo en cuclillas sobre el cuerpo de una mujer que duerme y éste le causa pesadillas (miedo, odio y reacciones contra su marido) mientras se apodera de su libre albedrio, indicándose la representación de un demonio, un íncubo, vista la elección femenina, el sueño y la connotación sexual.  

En ese camino, Borgman luce como un vagabundo, harapiento, descuidado y sucio, mientras pide la caridad de una ducha en una residencia acomodada, de donde recibe una paliza ante su insistencia, la de un favor a un tipo pobre y desconocido, y el señalamiento de conocer a Marina, la esposa/madre de ésta familia privilegiada, de tres rubios hijos pequeños –en derredor de los diez años- y una joven niñera de bellas facciones. Violencia que se percibe "intencional" aunque pretenda ser casual o una explosión de rabia (en un estilo coreográfico), que precede una supuesta venganza, una controlada/escondida ira o cierta justicia que se desencadena, a razón de la agresión sobre-dimensionada de Richard, el marido (Jeroen Perceval, en un papel que denota inmadurez y poco lograda exaltación, o de orden notoriamente histriónico, en parte bufonesco, como su apariencia física señala, su juventud; a diferencia de quien interpreta a Marina, Hadewych Minis, que está perfecta en su simple encuadre, en su manera medrosa, desconfiada, alterada, impredecible y novedosamente coludida), eje de que se articule una intervención, invasión de un hogar, de forma engañosa más que por la fuerza bruta (la que recuerda inevitablemente a Funny Games, 1997, y al cine de Michael Haneke), mediante la trasformación mágica de la voluntad, con un brebaje naranja –que parece gaseosa Fanta- y un equipo de bisturís. Y junto a ello la usurpación de la identidad de jardinero, y un plan siniestro, a un buen punto descabellado.

El propio Alex van Warmerdam actúa –una inclusión habitual en su filmografía y que indica por lo general una performance de orden cómico o con ese cierto aire-, como Ludwig, uno de los extraños asesinos e invasores, porque los amigos de Borgman y él mismo matan; envenenan y lanzan los cuerpos a un lago con cubos de cemento en las cabezas, de lo que se entiende que saben muy bien lo que hacen, en una forma curiosa y estética de homicidio. Siendo una historia oscura al fin y al cabo, fuera del tono escogido, uno no del todo solemne o dramático, como en esa escena de teatro en el jardín que en la memoria nos viene la exaltación del arte y la dramaturgia en especial, de Ingmar Bergman en su legado. También está la esposa de Warmerdam como otra cómplice de esta banda criminal, la actriz Annet Malherbe, de la que ésta vez poco importa el nombre de esta gruesa mujer (o de los otros dos compinches), que suele acompañarle en su obra como personaje de carácter, aunque en Abel (1986) tenía un papel erótico y sensual, dada al exhibicionismo de su voluptuosidad. Añadiendo que desde el inicio se ve que representan una amenaza, y por eso se les busca, a priori se les rechaza, habiendo una elipsis del pasado. Y puede verse como un llamado de atención, si se quiere, por una parte. Bien se dice que la sociedad puede empujar al mal a gente relegada y olvidada. En sí, el pacifismo es una cierta ilusión o más endeble de lo que se cree. No obstante, el filme tiene su toque de absurdo, de raro, de yacer libre en sus decisiones narrativas. No es solo un punto de encuentro, posibilita la mezcla e indefinición de varias lecturas. Como la ficción de una especie de banda de demonios, que vienen a lo suyo, como indica un procedimiento, la participación determinada, o los simples diálogos, muchos bastante banales o que despistan más bien al espectador. No podemos obviar que Warmerdam tiene un sentido del humor muy particular, ocurrencias que lo anteceden, y su cualidad de fabular, de ser artista; que como inclina a ver una conversación, el gran goce de un filme llega con lo sorprendente, lo abrupto, lo excepcional, y perdernos de la noción de entretenimiento (atípico) nos puede jugar en contra. Se trata de la invocación de algunos pensamientos –como la intromisión de lo desconocido y lo salvaje, la alienación y la futilidad de la clase, o la humillación en la pobreza- y un cuento a la misma vez, como notoriamente ejemplifica el arranque, y el final, que por un lado es ¿una liberación? “Contradictoriamente” la inducción a lo oscuro. Y quizá todo sea cuestión de una audaz ironía. 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Vic y Flo vieron un oso

El destacarse puede servirse de la narrativa convencional, de la sencillez (del fácil entendimiento), y del goce primario (cinéfilo, más no el de los grandes presupuestos, los efectos especiales y los nombres de estrellas hollywoodenses, sino del que se sumerge en el cine de autor y en la exigencia temática, que es donde yace finalmente a pesar de su “amabilidad” narrativa y argumentativa). Sin embargo, tampoco es que Denis Côté subyace fiel a esa premisa, por lo que recurre en la mayor parte del metraje a la intrascendencia de la vida diaria en un contexto rural y de aislamiento donde poco pasa, si bien cuánto cuentan los detalles. Como el cuidado de un anciano postrado en una silla de ruedas, sin movimiento, ni comunicación, y además con diabetes; las visitas de la carnal, sin ataduras sexuales, Flo, al bar tras hombres y esparcimiento sensual; o el quehacer cotidiano solitario, seco, tradicional –que aunque haya sensibilidad y debilidad no es la imagen de una madre como se suelta en una conversación que se cierne a un estereotipo inexistente que parte de la vocación y el compromiso e intimidad-, y antisocial de Vic. Todos rasgos de la álgida imperfección humana, o el caos innato en muchos, a esa fuerte proclividad. Que en la presente trama invoca por la paz en medio de la apacible dominación de la naturaleza, regida en dos protagonistas muy bien perfiladas y alimentadas, con participación por igual, complementarias en el suave juego de luchas, a través de la “partida” (Flo) y la “llegada” (Vic), ambas opciones pensantes.

Bien entrados en el metraje llega un grave vuelco en el desenlace, en los últimos quince minutos, en que el filme saltará del drama romántico casual en condiciones atípicas (ex convictas viviendo en una cabaña en medio del bosque), bajo formas tanto mínimas como fluidas, en una pareja  de lesbianas de personalidades antagónicas, que están entradas en años –Victoria Champagne (Vic), de 61 años, la actriz Pierrette Robitaille, más centrada en un tipo de actuación, siendo destacable; y su amante, Florence Richemont (Flo), mucho más joven, más o menos en los 40, en la piel de Romane Bohringer, que está impecable- y tienen recientes pesados antecedentes carcelarios –que incluye la libertad condicional de Vic, vigilada por un joven agente y personaje de amplia seguridad, potente figura y paternalismo, llamado Guillaume, performance de Marc-André Grondin, un magnífico secundario- a un thriller de venganza, suma violencia y desagrado empático “sorpresivo” (coherente).

Es importante apuntar que el mal, del que es un misterio los antecedentes criminales de las principales, y la falta imperdonable de Flo a una compañera espeluznante y novelesca (ella misma se atribuye la noción de ficcional), se baraja en boca de los protagonistas con harta ligereza, y hasta ironía, en que puede verse en buena forma como entretenimiento, aun siendo la pareja tan directamente reflexiva en varias ocasiones, y es que tampoco deben ser estúpidas en medio de su consabida espontaneidad, aunque denota la huella notoria del autor, el que sobrevive a la naturalidad. Los actos ostentan cierta complejidad, una rotura de esquemas, en varios sentidos implica la noción de una mundanidad peligrosa, la esencia del filme, o un salvajismo que representa un gran pesimismo, en la (in)justicia del camino recorrido, que puede interpretarse como una lectura contra el outsider en general, o el ser rebelde “sin rumbo”, el hombre caído en la duda existencial, que lleva un reconocible tono poético, a pesar de la crueldad, que no hace del filme uno cínico hacia sus criaturas, sino que les atribuye errores, consecuencias, venidas del pasado “lejano”, no ido, en lo que parece “increíble” (esos últimos 15 minutos), la metáfora del oso del título. En todo caso Coté juega con la distancia de sus rótulos, como en Curling (2010), a la que se parece éste filme. El tigre/los-muertos que ve Julyvonne en su despertar a la imponente vida, por medio de lo surrealista, aquí se materializa en el realismo simbólico de la captura/derrota del enorme animal del título y su invernar. La idea del oso hace pensar en la perversidad. Que se sentirá con suma veracidad y proyección, que parece atravesar la pantalla, en un sufrimiento atroz que casi se toca, muy bien reflejado en las actuaciones de descomposición y padecimiento progresivo, hasta evaporarse como fantasma.

Un filme que tiene sus (discretas) extravagancias, o se mueve bajo la constante novedad. El chico con el torso descubierto jugando con un helicóptero a control remoto y que a pesar de las apariencias es maduro (como la mayoría de los roles engendrados), el robusto familiar del muchacho que aparece de golpe frente a Flo como abordándola y exhibe su encono, o que las damas se movilicen en un carrito de golf por la zona boscosa; como a su vez escenas célebres punzantes inteligentemente generadas como que Vic le diga a su hermano que  sabe que no se verán nuevamente, de cara a un intercambio de gestos fríos y sentimientos ocultos de mutuo reproche, o que Flo furiosa haga una treta infantil para que Guillaume se meta en el basurero, hacen de éste filme uno que hay que mirar atentamente fuera de nuestra primera impresión, porque es una propuesta de las que uno entiende muy bien que el director es más inteligente de lo que creemos. Sino, véase además, el tope más alto de su filmografía, Bestiaire (2012), que personalmente veo como la intromisión de nuestra humanidad refractada en los misteriosos animales; en medio de la neutralidad de la estética, como ha argumentado el autor; que deja latente, como “explica”, la manipulación del retrato (lo que hacemos) y la taxidermia (lo que vemos). Y que hacen de Coté un gran director a seguir. Una promesa. Una caja de sorpresas.

viernes, 12 de septiembre de 2014

The fake

Estamos ante una película bastante dura, una para poca gente dispuesta a aguantarla, aunque merma esa pesadez que sea de dibujos animados, en una propuesta que no permite ninguna concesión con su temática, ni con los elementos que dispone para desplegar su feroz acometida narrativa e ideológica. Tiene una fuerte y dominante crítica a la fe, está contra la devoción que tiene el hombre al cielo y a ese prometido mundo de paz y eterna satisfacción que palia la inclemente desazón y el dolor terrenal, viéndolo como un enorme auto-engaño,  que en la trama implica literalmente un fraude. Para su corrosiva crítica se vale de la violencia, la que no embellece, ya que ésta no pretende redención, no quiere ser agradable o entretenida, por lo menos no de forma convencional al uso de nuestra simpática contemporaneidad, sino perpetra “molestar”, herir la sensibilidad, tanto en nuestras creencias religiosas, como desagradar en lo que es insoportable en la realidad, el agredir o humillar brutalmente a alguien, o vivir haciéndolo, de esa forma como naturaleza, mientras se es un criminal en constante ataque/defensa, como es el rol principal; y es tan potente en sus designios, sobrellevando un guion contundente y sumamente consistente, que te llega irremediablemente a entusiasmar, entras en sus coordenadas y te descarrilas con ella como séptimo arte, hasta repetirla en la memoria, The fake (Saibi, en el original), como quien escupe al suelo y entra en un terreno nuevo, igual al retorno del protagonista, un ex convicto, vago, sujeto bruto más no estúpido y un maltratador familiar, a una pequeña villa donde se está cocinando una comunidad eclesiástica, con el favor e interés de donaciones para una iglesia (al punto que se habla de 144 mil lotes para la felicidad divina de su gente), manejada por un supuesto párroco ejemplar, milagroso y entregado a su fe, pero que esconde un pasado oscuro y suele padecer mucho o dejarse llevar producto de las circunstancias; y un publicista y gánster que lo manipula por detrás para sacar provecho del que es un negocio trucho, y que irá desencadenando en una imparable locura o frenesí que no dejará títere con cabeza, como quien anuncia una tragedia griega, que más tarde irá a cumplir con su destino (como se dice de los mismos personajes), lo que traducido son muchos muertos, bajo la especialidad de la casa, la de la parafernalia coreana en el género de acción, hachas o apuñalamientos, que si fuera éste un filme con actores de carne y hueso sería de los más impactantes y harto cautivante, de mucha mayor atracción que esa minoría que la celebra y la celebrará, o quizá sería de culto. Uno de esos grandes thrillers coreanos que tanto nos llenan de adrenalina e intensidad, y nos hace fanáticos de éste cine.

La trama invita a la insania o a la perdición a todos los involucrados, sobre todo de los entes activos, como a la desilusión y corrupción de los convencidos, partiendo de la lucha de un despreciable hombre que ni antihéroe podemos llamar ya que no anhela más que una venganza y una corrección a la que poco le importan los fundamentos (pelea la prostitución, pero trata como puta a toda mujer que se le cruza), siendo como un animal, un enajenado peligroso y temido en el pueblo (incluso sus amigos le tienen por mala persona), siendo capaz de enfrentar a este Don y su pandilla, a Choi Gyeong-seok, dada su inconsciencia, proclividad al daño, resistencia y temeridad, al haber tenido un altercado con el mandamás a razón de su comportamiento desordenado, de donde lo golpean con un ladrillo en la cabeza, lo que deriva en su ira ciega, propiciando continuos choques en que poco importa el altruismo, derribar un fraude, sino como este infiel argumenta, el lugar en donde solo uno debe quedar en pie, algo personal, por haberse metido con el tipo equivocado y viceversa, en dos bandos desiguales pero de semejante atrevimiento y convicción, en una rabia que en el protagonista, este ex convicto y “simple” residente de baja calaña de la zona, llamado Kim Mincheol, se vive mucho externamente hasta casi lo inverosímil, en una fijación monotemática de engañoso aspecto heroico, y que arrastrará a su única hija en colisión múltiple, entre lo automático, el abismo, la presión, la ganancia, la fe y lo primitivo, como a otros seres inocentes caídos en el mal (uno que no se justifica más que por el estado mental), en esa composición indistinta que será la batalla campal contra Choi Gyeong-seok.

El filme exhibe bastante osadía, seguridad y rotura de esquemas (como ser avasalladoramente pesimista, hasta concebir incluso una ironía en el remate, en el que el director Yeon Sang-ho deja en claro que su manifestación es la de un crítico destructor de la debilidad humana, quitándole al hombre en ese trayecto la esperanza mística; o en el dejar en total libertad a su criatura, a Mincheol, un ser repulsivo e hiper-salvaje, que uno aun amando a los antipáticos en el séptimo arte, como solemos decir, a éste lo dejamos ir, viéndolo completamente solo, como quien encuentra abandonado a un hijo en su total libre albedrio, predominando tanto la sustancia general), a un punto, ya que en el cine no existen al final reglas ni ortodoxia que valga contra la imaginación y el arte individual.

Un machaque ideológico-revolucionario si se quiere, si bien mucho estos tiempos son de descreimiento; y un extremismo de principio a fin, para lo que hay que tener suma paciencia, en que su honestidad, o la sugerencia de considerarla de esa forma, te terminan convenciendo de apreciarla como arte, valorando su magnífico guion, vista la convergencia conclusiva de sus tantas sub-tramas tan bien desenvueltas en su leitmotiv, la pasión humana, aunque no necesariamente pensemos como ella, en defenestrar a la religión, o ver al cristianismo como un engaño o solo un conducto para los incautos y necesitados de salvación.  

lunes, 8 de septiembre de 2014

Perro Guardián

Ésta es la -a un lado intensa y a otro meditativa- película del momento en la cartelera peruana, o a eso aspira (claro, como todas, me dirán, no obstante tenía su notoria particularidad con la elección del protagonista, dentro de un registro dramático y tenebroso), por ser el cambio de rol de Carlos Alcántara, Machín/Cachín, a quien solemos verlo en papeles cómicos, con lo que se ha ganado un lugar actualmente especial en el respaldo del espectador peruano, y que ha logrado éxito masivo con las películas Asu mare (2013) y A los 40 (2014), filmes populares que han batido récords en taquilla, pero que son cintas poco atribuidas a la noción de arte que debería aspirar cualquier cine, incluyendo el comercial, pero que han contentado bastante al grueso del público nacional como se ha podido ver en su notable asistencia masiva.

Perro guardián (2014) es el debut de Bacha Caravedo y Chinón Higashionna, que han hecho un filme de entretenimiento con ciertos rasgos de autor, como lo hiciera antes El evangelio de la carne (2013), película a la que alentaba a ser la salida a la expectativa de un buen cine comercial nacional, en lugar y por encima de comedias y cintas de terror demasiado efímeras, convertirse en la cara visible del potente visionado masivo.  

Algo que me sorprende, a un punto, y por ello lo dejo correr, que no sea una excusa a priori, es que la vean o la anuncien como una cinta difícil de sobrellevar, por una llamada cualidad contemplativa, cualidad que me parece leve en el filme, que no sea en buena parte hiperbolizar, hacer gala de marketing o el vox populi, o desproporcionar una llamada lentitud en la narrativa, cuando es una “calma” que aporta más bien y no se siente mucho, salvo lo justo y necesario, o ¿es que realmente estamos tan acostumbrados a los filmes de ritmo frenético?

Carlos Alcántara es un sicario de muchos nombres, Rubén, Miguel o alguno más, que está metido en la introspección del horror que ocasionan sus asesinatos, los que son calculados, metódicos, profesionales y a sangre fría para la limpieza -con ordenes de arriba- del rastro del antiguo grupo paramilitar o de inteligencia militar al que formo parte, lo que representa una realidad conocida históricamente en el Perú, habiendo la ley de amnistía –ambientada en el filme en su revisión, filme que se contextualiza en el 2001- que buscó liberar de toda culpa a unos agentes militares durante la época del terrorismo. ¿Puede que esa oscuridad rememorativa moleste?, no creo, o en todo caso, no debería ser así, porque hay que verlo desde lo que es en realidad, un filme de entretenimiento, uno que sigue -aunque salvando las comparaciones- a propuestas como Léon (1994) o Drive (2011), sin lograr alcanzar, desde luego, su excepcionalidad, no obstante resulta menor, pero con lo suyo.

El sicario que interpreta Carlos Alcántara es un mérito. Primero por salir del lugar de confort y arriesgar en un papel distinto al que se le suele ver, aunque Alcántara estuvo en un contexto similar, pero con un personaje más "alegre", en Ojos que no ven (2003), haciendo de cómplice y ayudante civil -que se creía patriótico- de asuntos como el que actualmente retrata, antes escenificados de forma más básica, donde él se sentía atemorizado por lo que hacía el compañero que lo mangoneaba, y en sí era caer en un lugar no previsto en su magnitud práctica, por lo que ahora se trata de un salto a una mayor exigencia y hasta a otro registro. Segundo, porque construye un buen personaje. Aunque cuesta un poco verlo en un rol oscuro y violento, como por su voz que no suena tan intimidante y se le asocia por inmediata recordación a su contagiosa simpatía artística, entrados en el metraje subvierte todo indicio que minimice su caracterización (nos aclimata a su nueva interpretación), al ser manejada con la brevedad, rudeza y sequedad que se le escoge. No obstante el recurso de robotizarlo, no hacerlo hablar y que ande parco y en constante tensión y enojo no sea especialmente original, hasta que ocurre un desencadenante que aporta a la película, donde visualizaremos en una escena el sentido de sus silencios en una gotera, el destape de su hermetismo, que me recuerda a The Hole (Dong, 1998), aunque asumiendo distancia del tipo de arte que cada una es, y que Perro guardián experimenta con la cara de la enajenación. El protagonista pega páginas de la biblia en el techo, que lógicamente alude a Dios, pero es más como la idea de una voz lóbrega la que le dirige, que hace hincapié alrededor de la dualidad del fanatismo. Uno, el religioso, en un grupo evangélico, y al pastor y hombre redimido que siempre visita en su parroquia popular, que dirime un convincente -por medio de una vocalización enérgica- Reynando Arenas. Dos, sus trabajos ilícitos que se hacen sin rechistar y que son pagados dentro de una jerarquía militar secreta, que tiene el nexo con el que él mismo llama un burócrata, con el oficial Mendieta (Miquel Iza), que hace de un sujeto criollo ladino, pícaro y también discretamente bufonesco.

En la congregación cristiana yace también el padrino (Ramón García), del que se sueltan pequeños datos (drogadicto, terrorista, delator). Finalmente la elipsis de su persona queda cubierta, punto flaco en otras partes del filme, el revelar mucho de forma naif, como escenas del pasado militar compartido de El Perro Guardián, Alcántara; que bien gana su nombre en el aviso del periódico, lo que más que una muletilla es una estructura que está muy bien como background; en ello, todo lo operativo, la experiencia profesional, funciona como reloj, de forma sencilla, astuta y eficaz. No pidamos tampoco “imposibles”, que en ello salga de su cualidad de entretenimiento. Otro miembro de la congregación es la hijastra del padrino llamada Milagros, que está sorpresivamente mejor cuando dramatiza que cuando quiere ser infantil y simple, si bien en general funciona. Mayra Goñi es una buena elección, como que cante no de forma espectacular, pero consigue algo rescatable, y en eso surge una escena de las que recordar, en la fusión de la dualidad y leitmotiv del filme (la devoción ciega y extrema).

Perro Guardián perpetra además una estética y un tono, medio tétrico, el hueco en el techo incluso llama la atención como terror japonés, y no pasan desapercibidos sus cromatismos hacia el amarillo y el turquesa. Otro punto que no deja de notarse es su pequeño neorrealismo, ¿qué?, el de ese drogadicto del restaurante, y ese vago limosnero de mal aspecto en el ómnibus (aun como una amenaza vista desde lejos y más que todo novelesca), tienen un aspecto muy natural. Y no puedo dejar de agregar que los lapsos de intensidad están bien coreografiados, son secos, rápidos, sin disfuerzos y con un toque artístico. 

El filme se puede dividir en tres partes, y de ahí que sea como uno lo mide como resultado. El arranque hasta bien avanzado el metraje, ver el desenvolvimiento de un personaje un poco manido pero en buena parte efectivo. Después, el cambio hacia la locura, corto pero la esencia de la celebración de la propuesta y un salto argumental. Y el desenlace, en que se vuelve un antihéroe en toda gloria, como para la fotografía, hasta un “descarrile” de entusiasmo, siguiendo un poco raudo a Travis Bickle, pero que más se define en el género de acción, que no es nada despreciable. En general se queda fuera de seguir toda la cualidad de autor de una película como Días de Santiago (2004), de la que digamos que retoma la historia, haciendo lo propio, que está bien, escoge no ser un estilo dominante, y así hay que juzgarla, como un entretenimiento de cierto nivel, con rasgos de autor, que queda bastante bien, aun con puntos en contra.