miércoles, 21 de octubre de 2015

Sicario

Nuestra visión colectiva del mundo tiende a cambiar de alguna forma con el pasar de los años, digamos que discreta y sutilmente, y eso se refleja en distintas partes, como en el séptimo arte, que radiografía el pensamiento imperante o en ciernes de consolidarse, y ¿cuál es éste en particular el que maneja el filme? El de la ausencia de cierta moral, ética e idealismo, en que todo vale por enfrentar a un grave mal de la sociedad, en esta oportunidad, al narcotráfico, en que se empieza a aceptar que la corrupción, la suciedad estratégica, los asesinatos extrajudiciales, la tortura, las negociaciones ilícitas, el choque abierto como en una guerra sin miramientos legales ni cuartel, la intimidación, el uso de sicarios, como los planes tácticos de posicionamiento y enfrentamiento no tienen atenuantes ni trabas de ninguna índole si la meta lo dispone, es decir, el fin justifica los medios, aunque, claro, dentro de lo que es una película, de la libertad imaginativa y narrativa, un tono de cierto relajo y en pos del entretenimiento.

La trama trata de que una nueva visión de operación contra el lado oscuro, el mal, el tráfico de drogas, es capital, indispensable e ineludible para vencer a este enemigo social, criminal y endémico, rompiendo los límites entre como deben ser los héroes y sus némesis, el bien deja de ser impoluto, y se ensucia, aunque “no” se mancha (o eso poco importa), por salvaguardar el bienestar general, como lo decía Clint Eastwood en El francotirador (American Sniper, 2014), arguyendo un mundo de lobos, ovejas y perros pastores, ésta vez, con una propuesta más directa, más honesta, más realista, menos poética, mucho menos identificable con uno y bajo mayor alcance (fríos sicarios, en lugar de consumar héroes de guerra por sobre todas las cosas), invocando a secas un mundo de lobos, como por varios momentos ese es su trato narrativo y discursivo (véase esos ajusticiamientos horribles y tenebrosos de decapitados y mutilados colgando de un puente; o ese recorrido introductorio a una ciudad del caos, en una caravana de vehículos militares fuertemente armados, a través del tráfico y las calles imponentes de suma violencia y anarquía, habiendo uno inicial a la brutalidad y crueldad de los narcos en esas bolsas con cadáveres en las paredes y esos estallidos tempestuosos), ya que por el final llega el dramatismo clásico de Hollywood; como dice plenamente el concepto y el discurrir del filme por el que Emily Blunt es un mero pretexto de bondad, ética  y corrección obsoleta, bajo un potente señalamiento de ser un agente naif, fuera de lugar y de la necesidad del momento, lejos del entendimiento del mundo salvaje y brutal al que se enfrenta, implicando notoria indefensión (siendo rescatada de una estrangulación, la única salida frente a la declarada muerte, y perdonada su vida en varias oportunidades llegada la confrontación y el descubrimiento, mostrando su inutilidad, que hasta le dicen que se siente su miedo y la hace ver como una niña, al igual que pasa con su compañero afroamericano, que yace de relleno, y es el reflejo del lugar del que provienen, y de lo que representan en esta guerra implacable), como en su notorio asombro cuando recorre las calles de esa tierra de nadie llamada Juárez, México, fronteriza con El Paso (Texas, EE.UU.), los lugares por donde se mueve la historia y un equipo de élite del FBI en conjunto con la CIA, agencias con cierto conocido, afamado, lado todoterreno y toda permisividad entre sus acciones contra el crimen, y la amenaza, cualquiera que sea, hacia su país.

El filme tiene su gran goce cinéfilo, en varios momentos, es, qué duda cabe, un estupendo thriller, una película de acción y crimen especialmente dotada, puede que imperfecta en su última parte en querer aglomerar y concluir todo de golpe, en un enfrentamiento y resolución tras otro, que puede llegar a confundir el hilo de la trama, pero alberga también en ello una labor trepidante e intensa, una seguidilla de movimientos que producen sorpresa y adrenalina; con el túnel, por donde pasar la droga del cartel mexicano (que tiene un bello y audaz efecto nocturno, que sigue a Zero Dark Thirty (2012), de Kathryn Bigelow, y hace lo suyo, utilizar el verde fosforescente, pero también una escala de grises), su nexo con policías corruptos, y esos dos familiares capos que hay que sacar del ruedo, llegando la consolidación del personaje de Benicio Del Toro, resuelto su misterio y las habladurías tras su repercusión y fuerza en los nuevos planes operativos, que justifican plenamente sus pesadillas, esa inquietud, ese estado de tensión y sus temblores en el avión que lo da a conocer, teniendo a un segundo en el carismático, natural y rudo Josh Brolin, un buen complemento en su descaro y “relajo” que anida por su parte en esta lucha, que tiene índole de generar un superficial encanto cool, como usar sandalias en plena reunión decisiva. Con ellos la gran Emily Blunt, que desde su rol de “niña” mimada, libertina, fantasiosa y sensual en My Summer of Love (2004) ya mostraba todo su talento; lo hace bien en su sacrificio de ser más una pieza explicativa clave de una tesis, que un lugar de lucimiento, mostrándose débil y menor al uso, con lo que más que minimizar su performance, uno la admira por su entrega y su cariz polifacético, como una dura policía, aunque no apta para mayores retos (aun, suponemos, alegando feminismo, más que corrupción).

La propuesta de Denis Villeneuve, que compitió por la palma de oro en el festival de cine de Cannes 2015, cumple con respetar mucho su historia, tiene vasta personalidad, dentro de una buena filmografía, por sobre exigencias “secundarias”, esquivando fuertes inclusiones formales de pensamientos imperantes buscados, viendo que el feminismo y la inclusión multirracial tiene su originalidad y lógica aunque por una parte levemente criticable (¿el compañero del FBI de color, de Kate Macer, Emily Blunt, es gay?), sirviendo a los acontecimientos, como el amigo afroamericano comportándose como una compañera de cuarto, criticándole el sostén y su falta de arreglo personal, acotando que la belleza de Blunt es demasiado incluso sin esforzarse, no usando la imagen hacia la gloria de estos. Mención aparte de estas banalidades, prima el mensaje de esa cancha rustica de futbol donde niños mexicanos juegan, cuando de repente padres y críos se sobresaltan al escuchar disparos a la distancia, ese es el mensaje central, a todos nos concierne hallar soluciones, aprobando o no el método del filme, sopesando que por nuestras acciones podemos descarrilarnos. 

lunes, 19 de octubre de 2015

The Duke of Burgundy

El tercer filme del británico Peter Strickland es igual de interesante que el segundo, Berberian Sound Studio (2012), en un autor que uno confiesa alegrarse saber más de él, seguir su filmografía, porque está llena de arte e ingenio, como ahora que retrata la relación lésbica de una mujer de mediana edad llamada Cynthia (Sidse Babett Knudsen) que es la dueña de una bella y enorme casa como de estilo colonial, en medio del campo paradisiaco, y de Evelyn (Chiara D'Anna), su supuesta joven ama de llaves, en quienes comparten fantasías sadomasoquistas, en el anhelo vehemente de Evelyn de llegar cada vez más lejos en sus apetencias sexuales, rozando o invocando hasta la muerte, con lo que esa música de apertura romántica, feliz e idílica, de belleza naif, cuando Evelyn llega en bicicleta a casa es el anuncio del juego que plantea constantemente la película, la dialéctica del hedonismo, y la de los sutiles contrastes, difuminado la noción de realidad con cierto surrealismo (como el más notorio momento el de aquellas mariposas volando y llenando la pantalla con su aleteo frenético hacia la imagen de la visión vendada de Evelyn, que yace como conducida por estos insectos con los que se les relacionan a la pareja de amantes en el comportamiento, debilidad, poder, estados de invernado, concepto de crisálida, etc., hasta llamarse por sobrenombres técnicos de ellas, viendo que el título atañe a una especie en particular; u otro como el de la fantasía del encierro en el cajón y el ataúd en el bosque donde llegamos a ver un cadáver, el límite traspasado que por una parte mortifica y apena a Cynthia, que es más convencional y prefiere una relación menos extravagante), intercambiando papeles de dominación y sumisión entre ellas, borrando los límites a medida que profundizamos, cuando vemos que en realidad la que impone su deseo es Evelyn.

La propuesta trabaja mezclando la fantasía sexual que ellas tienen con lo que es real en sus  vidas, preguntándonos hacia un punto en cuanto vemos ¿dónde termina o comienza el cuento, la ilusión, y dónde los hechos verídicos?, incluso indagamos por una parte por los tiempos de las acciones, ¿hay algo fatal en la historia, implica culpa y pasado, secretos?, de lo que trata el filme de confundirnos, engañarnos, sabiendo Strickland controlar éstas formas tan plásticas y etéreas, en medio de una estructura y edición que no solo atañen estilo, sino mucho misterio y ambigüedad, en la repetición de la llegada de Evelyn (¿un “nuevo” juego o un recuerdo?), como de ciertas escenas de control y placer sadomasoquista, pero que a veces presentan pequeños cambios, nunca se gastan, por más que vuelven una y otra vez, en gran cualidad de explotación, tanto visual al igual que como trama en que la repetición jamás oprime, no se siente una falta, por más que sorprende su firme redundancia.

El filme apela a la originalidad narrativa, engrandeciéndose con su detallismo, hiperbolizándose, aprovechando el movimiento de sus pocas escenas, de lo que en una lectura básica simplemente fuera una relación lésbica complaciéndose mediante actos sadomasoquistas de ama descontenta con su criada, a los que aún no están acostumbrados, develándose como una rutina y aprendizaje, explorador por un lado, y complaciente por el otro, en que el amor predomina, no habiendo escenas sexuales explicitas, pero si sugerencia potente de aquello, hasta perpetrar la necesaria extrañeza, tanto como en la atmósfera que tan bien sabe crear el autor inglés, complementada con la entomología, de lo que sabemos que Cynthia es doctora, y Evelyn aprendiz de su estudio, como con la recreación del sonido que emiten algunas mariposas investigadas, o mediante su continua presencia en marcos y agujas de exhibición, dando un toque raro al filme, que es la idea general, el de un cine arte con personalidad, desde lo mínimo pero identificable, rotos lo límites de realidad, por la fantasía y ensoñación del deseo, y a través de varios niveles de dominación, que hacen un estudio de consumada explicación cinematográfica de lo sadomasoquista, apelando a una elegante y fetichista sensualidad.  

sábado, 17 de octubre de 2015

The assassin (La asesina)

Que un director como el taiwanés Hou Hsiao-hsien haga un wuxia, una película china de artes marciales, sin duda, resulta interesante y curioso para cualquier amante del cine, conociendo su séptimo arte intimista, histórico, reflexivo en cuanto a su sociedad y hasta romántico, que se mueve en el cine arte minoritario, a pesar de que sus retratos están cargados de encanto emotivo y no son tramas complicadas de seguir (salvo por El vuelo del globo rojo, 2007, al que le tengo especial simpatía, y se complejiza en su narrativa, como la presente), quizá sí provistas de algo de lentitud expositiva, con lo que verlo acometer una empresa sobre un subgénero de acción que suele ser entretenimiento puro y duro, abría el apetito pensando cómo sería en sus manos una obra de éste tipo. Y el resultado ha sido cine arte en toda palabra, con luchas cuerpo a cuerpo breves, puntuales, secas, calmadas, que quien espere espectáculo tradicional a ese respecto no lo encontrará, sin embargo el filme trasciende en sus tantas lecturas y significación con ésta esencia combativa, proveyéndonos de venganza, amor, política, hechos históricos, soledad, como un conflicto con el sentido de nuestra vida y quienes somos, que a Nie Yinniang le ha causado el exilio de su familia ante la ruptura de su temprano compromiso matrimonial con su primo, y futuro gobernador de una provincia fronteriza que rivaliza con la corte imperial, lugar donde iría a parar Yinniang entrenada por una monja princesa, convertida en una temible asesina donde brilla sobre todo su concepto y aura que lo físico (Shu Qi es muy bella, luce pequeña, suele ser frágil por lo general, lo que es un gran cambio de registro, que funciona al natural), que la convierte en una guerrera imbatible y letal que está encomendada a matar a su primo y ex amor por el que aun siente algo, por Tian Ji'an (Chen Chang), que tiene feliz esposa e hijos pequeños, y el que deberá sostener la grandeza de la provincia de Weibo que se ve amenazada por el imperio y otras provincias subalternas que conspiran contra ella, hasta bajo la magia oscura.

En el filme hay una urdimbre narrativa intrincada, de elipsis, sutil, detallista, que despliega el choque emocional interno de Yinniang, entre su deber como asesina implacable, y la devoción natural que le debe a sus seres queridos, como a sus padres que la salvaron de morir, pero se sienten en parte arrepentidos por el peligro que ella representa en la actualidad para el gobierno e independencia de su clan, y de Weibo, en la cabeza pedida de Tian Ji'an. Observando que la lealtad va más allá del parentesco familiar, con lo que una joya partida en dos simboliza la paz entre los dos linajes en conflicto, como el relato del pájaro azul contada por la maestra tocando su instrumento musical folclórico (hermosa la ambientación, la recreación, los paisajes), otra mujer desdichada, remite a una melancolía destructiva (un designio, la fatalidad), que acompaña, como el silencio, a Yinniang, que pelea por sus vínculos sanguíneos, por sus afectos, y la descubre más que una máquina de matar, como invoca su antecesora.  

Es un filme que tiene bastante de acción, es decir, de actos (en tremenda estructura, hasta romper los combates tienen estilo), la mayoría de ellos elegantes, aunque no de peleas vistosas y elaboradas, más que de argumentación, pero teniendo aristas, puntos en contraposición, tanto como suma coherencia, pero a su vez albergando tantas emociones, una visceralidad maravillosa en juego, por encima de lo explícito, donde todo se reduce a lo esencial, supeditándose a un entretenimiento inteligente, al que hay que seguir en sus pormenores narrativos para gozar, apreciando su lentitud como en una caja de continua meditación observacional, de coger el momento, dentro de una estética, invocando la luminosidad por sobre la superficialidad, o en la trama el rencor, enfrentando a la soledad, que es capital, múltiple, en la historia, el saber perderlo todo, y aun así mantenerse intacto, puro, valiente. En una propuesta que muchos pondrán en sus listas de lo mejor del 2015, tras 8 largos años de esperar su realización, y obtener un merecido premio de mejor director en el festival de Cannes. 

martes, 13 de octubre de 2015

El cine de Majid Majidi

El cine de Majid Majidi es un cine hermoso y profundo emocionalmente, que sorprende que no sea más famoso de lo que es, ya que exuda la misma nobleza de los grandes nombres del mejor cine sensible y humano, como el de Yasujirô Ozu o el de Satyajit Ray. El iraní Majid Majidi no solo es potente, cuajado y seguro de sí, sino que revela aparte de arte, tramas con continuas novedades en una estructura harto activa donde su nobleza brilla y cala, dentro de un grato entretenimiento particular, que no cae en la ñoñez ni en la idiotez naif, teniendo gran carga de sensibilidad bajo momentos melancólicos, pobreza, necesidad material, dolor, sueños primarios, fuertes dramatismos, logrando conmover de forma transparente.

Niños del paraíso (Bacheha-Ye aseman, 1997)


Descubrir su filmografía es ver cintas notables como la presente que es la más famosa de sus obras, que fue nominada a los premios Oscar en 1999, en que un niño pierde los zapatos de su hermana y temiendo que el papá le pegue y al no tener dinero éste para comprar otros decide intercambiar en secreto sus únicos pares con su hermana, unas viejas zapatillas de deporte, turnándose para ir al colegio uno detrás del otro, con lo que se mete en nuevos problemas. El niño buscará ingeniárselas dentro de sus carencias, mostrando energía y optimismo, al mismo tiempo que exuda carisma y ternura infantil, como igual su pequeña hermana, en medio de gestos que dicen mucho. Es una historia que implica compenetración desde un cariz aventurero más que de lágrima fácil (que hay, pero cuando uno se siente perdido momentáneamente, como niño), entendiendo la precariedad, pero asumiéndolo principalmente de forma valiente, mezclando sencilla creatividad narrativa, tradición/folclore y empatía vivencial.

El color del paraíso (Rang-e khoda, 1999)


Un niño ciego proveniente de un hogar pobre representa un problema para su egoísta padre que no quiere gastar toda su vida cuidándolo y menos cuando anhela casarse nuevamente y está en nupcias, con lo que presenciamos una historia bastante emotiva, triste, en medio del encuentro con Dios, con un marcado mensaje religioso, digno de un ejemplo de vida a aprender, que muchos espectadores de cine arte pueden rehuir como el demonio al agua bendita, por no hallarlo contemporáneo a nuestra ambigüedad y proclividad a ser más tolerantes y complejos con las carencias, maldades y faltas humanas en pantalla, pero en la presente recurre a lo convencional, a la parábola, y sale a flote una bella historia, conmovedora, porque tampoco es que haya que negarse a la mayor sensibilidad, a lo melodramático, a plasmar un especie de sentir de lo correcto y a los altruismos negados para cosechar el aprendizaje del amor incondicional, que de eso trata y está bien hecho, rompiendo nuestros lugares comunes mentales.

Baran (2001)


Trata sobre la humanidad que se profesa hacia los refugiados afganos en Irán, que trabajan en construcciones, sin documentos, y son perseguidos por ello, como los propietarios son amonestados, habiendo un clima laboral muchas veces rudo, tal cual pasa con el joven Lateef (espléndido Hossein Abedini, vital, expresivo y muy natural) y el nuevo trabajador afgano que por su debilidad le es intercambiado y entregado el trabajo de mozo, llevando té a los albañiles, que Lateef tenía, y ante aquello le guarda rencor, sin embargo una vez que descubre que en realidad es una mujer, no solo cambia de actitud, sino siente atracción hacia ella, por la silenciosa Baran, y más tarde sabiendo de su realidad sufre y trata de ayudarle en todo, sin que se dé cuenta, invocando un enamoramiento bastante romántico que es un canto de poesía bellísimo, en que Lateef entrega todo de sí, no solo sus esforzados ahorros de un año, sino su tiempo, su seguridad personal y, desde luego, su corazón, hasta mostrar momentos poderosos desde lo sencillo, como verla caer al agua tras un pesado trabajo y derramar lágrimas observando que la necesidad la empuja a una vida de mucho sacrificio familiar, que refleja la existencia afgana de cara a un extranjero que en primera instancia no ve su padecer, y termina generando instantes memorables de solidaridad general y amor individual, como ver que se le sale un zapato al pisar un charco de barro, y entonces echa a correr fuera de su escondite a recogérselo, ponérselo delicadamente, y verla partir en silencio, en su burka, entre miradas que lo dicen todo.

El sauce llorón (Beed-e majnoon, 2005)


Es la trama de un hombre de 45 años, profesor de literatura, que está ciego desde niño, y en medio de un viaje a Europa por nuevos tratamientos, y un ruego sentido a Dios, recupera la vista, pero en lugar de agradecer a su entregada y leal esposa, y a su amorosa madre, reniega de una lástima imaginaria, y de haber desperdiciado su vida estando ciego, incluso critica su profesión, aun teniendo un hogar acomodado y confortable, con lo que se transforma en otra persona, en la que es una historia de oportunidades desperdiciadas, como en la obra de teatro La vida es sueño. El filme tiene grandes momentos, aparte de sutilezas como en el asomo de la infidelidad como en una postal romántica de múltiples percepciones. Véase cuando Youssef (Parviz Parastui) descubre que puede ver en el hospital, en una exhibición que tiene un aire de cero glamour y poco acomodo que suma notablemente y equilibra solvencia en el conjunto; o cuando nuestro protagonista descubre en las peores condiciones que ha actuado equivocadamente y entra en un estado de lucha a la vera de intensa lírica, en la que es una propuesta de claro orden religioso o de exaltación de valores, que critican la mala existencialidad.

El canto de los gorriones (Avaze gonjeshk-ha, 2008)


Nos cuenta sobre un padre bastante humilde, híper carismático –de aspecto del que cuántos ya quisieran ser tan naturales- y todoterreno (Mohammad Amir Naji, que ganó el oso de plata por su performance, en el festival de cine de Berlín del 2008) que expulsado del trabajo, de vigilar el cuidado de avestruces, tras la pérdida de uno (en que hay un momento audaz en el disfraz de una de éstas aves en plena imponente cima), no sabe qué hacer para mantener a su amada familia, en especial tras malograrse el costoso audífono de su hija mayor que es sorda, habiendo además una pequeña trama de uno de sus hijos pequeños que quiere llenar de peces un estanque abandonado, de agua sucia empozada, como un sueño infantil personal, que además es colectivo con sus amigos, y que repite gags e intenta otros instantes de emotividad (en un filme que bascula entre aciertos y cierta fallas, pero gana en virtudes, como le pasa a El sauce llorón). Karim, el padre, solo tiene una moto básica como mayor pertenencia material, y pronto de la casualidad esta le servirá para sobrevivir, para llevar dinero a su hogar, con lo que pasara por mil y un peripecias en un Irán urbano, poco visto como muy contemporáneo, en un protagonista que implica comedia, tanto como meditación melancólica, en esos silencios expresivos que tan bien maneja Majidi en su obra, en un periplo por el trabajo casual e independiente que desnuda la imperiosa necesidad y la firmeza de lograr subsanarla.

sábado, 10 de octubre de 2015

El cuento de la princesa Kaguya

El director de esta película es uno de los grandes nombres del anime, cofundador junto con Hayao Miyazaki de los estudios Ghibli. Famoso por su conmovedora y potente película La tumba de las luciérnagas (1988). Hablamos de Isao Takahata que tiene obras como Recuerdos del ayer (1991), una historia sobre una joven oficinista que en un viaje al campo empieza a recordar su niñez, unos padres restrictivos y dominantes, un enamoramiento inocente con un deportista del colegio y algunos anhelos incumplidos como el teatro o simplemente viajar al interior, mostrando como es la vida de dura producto de las relaciones interpersonales y de las familias ortodoxas. Pero a Taeko, de 27 años, no le falta actualmente una sonrisa, y mucha nostalgia. Los últimos 20 minutos de este anime bien valen toda la película, donde Taeko recuerda a un compañero pobre, sucio y grosero que no le quiso dar la mano de despedida, lo que provoca varias lecturas, una introspección particular sobre cómo es la existencia desde lo aparentemente sencillo, cuando ella pretende develar sus sentimientos hacia un joven agricultor, cambiando sus expectativas de vida, de lo que algo parecido implica El cuento de la princesa Kaguya (2013) hallando el verdadero amor en el lugar contrario, a lo que esperamos o se espera de nosotros, y humilde, a manera de cuento clásico romántico, en el aprecio por el medio ambiente y la vida de campo, que siempre está presente en la obra de Takahata.

Otra obra suya a destacar es Pompoko (1994), ganadora del festival de cine de Annecy de 1995, que en lo personal me parece cargante en buena parte, aunque tiene su audacia con unos mapaches que pueden metamorfosearse en cualquier cosa, hasta seres humanos, cuando se deciden a asustar a las personas para salvaguardar sus bosques que están siendo depredados por nosotros para imponer lo urbano. Los mapaches son algo anodinos, sin embargo se da lugar a mucha fantasía, como en un desfile de monstruos japoneses, o que un barco con rumbo hacia el cielo termina como la muerte de una enorme cabeza, con lo que hay su toque de originalidad.  
El cuento de la princesa Kaguya tiene trazos distintivos muy bellos, en que utiliza mucho el fondo blanco con apenas unos colores salpimentados, de preferencia cálidos, y yace inacabado, expresionista y medio en boceto con el movimiento. Es de resaltar la belleza que propone la imagen de la princesa sin ser un dibujo típico en ese sentido, siendo ella la parte trascendental del relato, como un elemento mítico y místico venido de la luna, en lo que tiene espolvoreada cierta fantasía en cuanto a la ascendencia y su origen divino, pero bascula con la realidad de una novela clásica romántica, en que hasta hay surrealismo con el sueño del pretendiente y amigo de mataperradas infantiles en el campo. Kaguya, lucha por su esencia y felicidad, plantea querer ser un ser humilde, pero yace en medio del agobio de las diferencias de clases sociales, donde la suya, de privilegio, no le satisface para nada, más bien todo lo contrario, le hace infeliz; proponiendo la contraposición ciudad-medio rural con toda su idiosincrasia.

Kaguya, un cuento proveniente del folclore japonés, nace en el bosque, producto de la magia, crece más rápido de lo normal, y le caen del cielo prendas costosas y oro para que lleve una vida de realeza en un ambiente distinto al que ama, con lo que los designios de los dioses parecen incongruentes con su naturaleza, proponiendo más bien un destino de frustración, de poética maldita. Ella es como el bambú que de alguna manera le persigue, por lo que cuando aparecen 5 posibles esposos de las más altas alcurnias ella les pide cumplan con materializar sus halagos y traigan objetos legendarios, que podría ser fácil de lograr viendo que hay un halo de fantasía en el relato, pero es la imposibilidad la que en realidad asoma, habiendo incluso un astuto pretendiente que planea convencerla con poesía. En esta parte hay mucho entretenimiento y un toque de comedia, que implica hasta la atracción del máximo representante japonés, con lo que el embrollo es cada vez más grande y difícil, viendo que el destino de Kaguya está signado por el choque continuo contra el privilegio, de lo que ella al contrario de la mayoría, y más, observado su origen, busca la sencillez existencial, en lo que es a todas luces un relato popular, con un mensaje contra el materialismo, resaltando nuestra humanidad ideal.  

viernes, 9 de octubre de 2015

The Wolfpack

Unos chicos, siete hijos, 6 varones y una mujer (a la que vemos apenas), con nombres de dioses indios o propios de su mítica, y largos cabellos como de cola de caballo, vivieron encerrados por largos años de crecimiento y formación emocional por su extravagante padre de origen peruano (uno que se reveló no trabajando, ante la sociedad americana que llama de sojuzgamiento, encerrándose  del mundo y haciendo su pequeño paraíso en un hogar que rinde culto a la música rock y al cine, donde la madre proveniente del sur americano solía ser una hippie de ideas parecidas a las de su marido, empero se le culpa solamente a él de decidir ese encierro tan radical) en un pequeño apartamento de una zona pobre de New York, en el Lower East Side de Manhattan, producto de querer protegerlos del entorno de drogas y homicidios que vive el barrio en que viven, provocando un ambiente que como dice en un diálogo de entrevista uno de los hermanos Ángulo puede volver loco a cualquiera, ya que ver el exterior tan solo un par de veces al año no suena para nada saludable.

Dicha historia documental tiene 2 partes, una, el inicio, en que los hermanos carismáticos y buena onda cuentan sobre sus particulares vidas, que está plagada de cinefilia, viendo como ellos recrean guiones de películas de Hollywood, en especial las de Quentin Tarantino, como Reservoir dogs (1992), que adoran, en que se presentan de traje y con pistolas de utilería que ellos mismos fabrican, ya que las recreaciones que hacen son pormenorizadas, que hasta vemos un impresionante traje de Batman adornado con cartones de cereal. En dicha familia hay, sin duda, talento para el séptimo arte, llegando uno de los hijos a ser ayudante de producción y otro a plantearse hacer su propia película que vemos en el cierre de la propuesta. En la primera parte escuchamos de las locuras de su progenitor, y de esa forma de vida rara que han llevado, todo entre sonrisas, y uno que otro quiebre emocional, ya que siente alguno algo de rencor hacia su padre, quien yace relajado pensando que como Jesús dijo, se deben perdonar todos los pecados y errores de los seres humanos, por lo que el arrepentimiento no asoma por su lado ni se punza en la ópera prima de Crystal Moselle, sin embargo se ha transformado en permisivo, viendo como los hijos son totalmente libres ahora, y en ello presenciamos como dan sus primeros pasos hacia el mundo impredecible que su padre solía temer para su familia. Al respecto hay una gran anécdota, uno de los Ángulo se rebeló saliendo a la calle por su cuenta portando una máscara de Michael Myers,  en su inocencia infantil de esconderse de ser reconocido por el patriarca, y fue arrestado ante la extrañeza de su acto, con lo que pasó a un hospital psiquiátrico por un tiempo. Y es que algo de locura o extrañeza ha quedado de rezago en la familia, no obstante los hermanos lucen dentro de la particularidad de vivir en New York digamos que normales. Pensemos que su educación entera fue impartida en un hogar encerrado en sus raras ideas y cuatro pequeñas paredes.

La segunda parte del filme es mucho menos interesante, hay un lado más de estudiar los cambios de forma de vivir, superficialmente, al igual que la relación directa con el padre, que interviene tras ser criticado por su vástagos y que, en realidad, es poco carismático, pero tampoco antipático, aunque llega borracho a veces, con su cara sonriente, su relajo existencial; tanto como ver su adaptación a la reciente descubierta normalidad, en una visita a la playa o a una sala de cine, hasta verlos pensar al vuelo su vida romántica. Avanzado el metraje disminuye cierto interés en su historia, se vuelve en parte anodina, pierde narrativa, la normalización y falta de curiosidad le cobra cierto alcance, aunque se agradece que Moselle no se desespere en cautivar, en forzar novedad, de lo que presentan simplicidad. Surge una llamada con la abuela distanciada y el sentir de llevarlos al ambiente idílico, abriendo paso al fin de la locura. También en esta segunda mitad se deja de lado su lado cinéfilo o merma considerablemente. Como aquella visión casera de sus recuerdos grabados que dan un cariz amateur al filme, pero interesante, porque es revelador, vemos al padre besando en la boca a sus hijos que repelen relajados su extravagancia o a éste en calzoncillos adornados con la bandera americana fomentando una banda musical con utilería. En el que es un buen documental, ganador del gran premio del jurado en el festival de cine de Sundance 2015, en un hogar que tiene de familia Addams, exudando en los diálogos y explicaciones suma coherencia y simpatía que sostienen muy bien la atención y el entretenimiento, y que muta de una cierta extrañeza formal a un entendimiento completo que hablan de habilidad argumental, pero que hubiera estribado un poco más en propiciar más audacia en su manera de narrar, de exponer, aunque sin perder su virtud de claridad. De lo que posee mucha austeridad y humildad autoral, basando más su potencia en la propia naturalidad de sus entrevistados y en su curioso relato, en un trabajo que logra destacar, a pesar de los reparos.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Misión rescate (The Martian)

Actualmente en cartelera internacional, contando con el beneplácito de la crítica y el respaldo de una predominante taquilla, y de la que empezamos diciendo que puede que sea mejor que Gravedad (2013) e Interstellar (2014), que ya casi forman un subgénero, aunque comparte muchas más similitudes con la película de Alfonso Cuarón que la de Christopher Nolan, siendo ambas cine más que todo amable y fácil (Interstellar era bastante respetable en su vocación de audacia por distinguirse en lo arduo de las teorías científicas, dentro del cine comercial, pero gran parte de la crítica se cebó con ella y había cierta distancia con el público), no obstante, Gravedad buscaba ser apabullantemente épica dentro de la inmensidad y grandeza del espacio, mientras Misión Rescate, como la han llamado por tierras peruanas, es mucho más relajada y humilde (donde el protagonista muestra algunos sentimientos, llora austeramente, frente al miedo a la repercusión del peligro mortal y en especial por la entrega de sus compañeros, pero más se mueve tranquilo, ducho y seguro de sí, que como dice una línea trascendental que desnuda al filme, o te abandonas a tu suerte, a la derrota y la muerte, o empiezas a hacer una cosa tras otra, hasta salvarte), pero teniendo presente que su desenlace apunta a las potentes emociones de suspenso y tensión convencionales (jugando con el ¿lo logrará?, ¿se salvará?, aun siendo a todas luces el resultado conocido, poniendo la nota aguda y espontánea al plan milimétrico, y científico puesto a la orden de la aventura), en buena parte expectaciones prefabricadas, que sería la principal crítica en contra, entre comillas, que le hiciera, si bien se debe al entusiasmo natural, esperado, de la tribuna, del público cautivo, y es entendible que hasta veas al pueblo americano en la calle colocando su marcado y efusivo respaldo y anhelo de retorno por su compatriota “abandonado” en Marte detrás de banderitas americanas, o a un grupo grande de la NASA vitoreando y aplaudiendo triunfos tras su quehacer comprometido e inteligente. Donde la ciencia apunta a la practicidad, a lo comprobable, pero también juega con la complejidad pero supeditada a la frescura, al ritmo y a la sorpresa del entretenimiento.

Ridley Scott es un director con muchas películas regulares y uno que otro bodrio, como algunas obras maestras y películas decentes, en quien es un creador experimentado, con una larga carrera, que tiene una reputación, habiendo su infaltable cuota de detractores, y un conocimiento en la ciencia ficción y el séptimo arte de Hollywood, aparte de su capacidad para generar hedonismo cinematográfico y ratos memorables, que se ve en su propuesta, donde se nota el oficio, exhibiendo naturalidad y poca pretenciosidad narrativa, donde hay hasta sentido del humor y, desde luego, estilo, como con la intromisión musical en momentos claves o en la broma directa, perpetrando por su lado algunas audacias, como en particular reducir la madera de un crucifijo para hacer fuego, de lo que parece depender a su vez en Misión rescate del guionista Drew Goddard (La cabaña en el bosque, 2012). En que dosifica varios momentos de tensión, pequeños triunfos y diversión, en un discurrir técnico y experto de atención, tirando y aflojando dramatización y relajo, que pudo ser una película más del montón, propio de un formato cuadriculado, pero que con Scott tiene marca de identidad, rompiendo el molde desde lo popular, lo llano, generando interés (con el protagonista cultivando papa o haciendo recorridos por el desierto de Marte para salir con vida del planeta) hasta fomentar un lugar de representación con el aprecio por el medio ambiente y hacia las plantas, de lo que se dice sabiamente que colonizar es proponer agricultura en un lugar.

Misión rescate pasa por la noción y atracción de un reparto multicultural, con europeos, angloamericanos, orientales, afroamericanos y latinos compartiendo espacio en pantalla, aludiendo además piratería espacial y tierra de nadie en Marte, una universalidad empática. Aparte de que la historia fluye ligera, directa y cautivante, aunque predomine la soledad de la supervivencia del astronauta y botánico Mark Watney (un destacado Matt Damon) que es lo más loable del filme, fuera de la complementariedad que propone el equipo de la NASA, donde vemos actores que los recordamos mucho de las comedias, en ésta oportunidad en roles serios (Jeff Daniels, Kristen Wiig; que lo hacen bien, mejor ella, que hasta luce provocativa siendo casual), y de los 5 compañeros de Watney que despegaron sin él creyéndolo muerto, en que sobresale Jessica Chastain en un papel fuerte pero menor. Pensando que el filme dura más de 2 horas, en lo que se torna en un Saving Private Ryan (1998) ubicado en Marte, en un planeta que se presenta peligroso por lo desolado, por la cualidad de ser uno el primero en cada acto en el lugar, pero que tiene de cercano, de realista, sin grandilocuencia ni ninguna rareza, en un espacio que queda colonizado por la ficción, humanizado, en una supervivencia que pesa en su valentía y autosuficiencia, conjugada más tarde con la fraternidad entregada.

lunes, 5 de octubre de 2015

Goodnight Mommy (Ich seh, Ich seh)

Competidora por Austria a un cupo a mejor película extranjera en el Oscar 2016, dirigida por Severin Fiala y Veronika Franz, que exhibe extrañeza y tensión psicológica, una que surge en un hogar acomodado de cierto aire rural paradisiaco, con dos gemelos de 9 años que se ven sorprendidos por el cambio físico de su joven madre, que se hace cirugía cosmética y lleva el rostro vendado, como si fuera un monstruo, y ellos no la reconocen, generando una atmósfera de desconfianza, mientras la trama implica misterio y surrealismo al respecto, como con algunas pesadillas y la intromisión de desagradables insectos, unas cucarachas negras gigantes, que son mascotas de los chiquillos, si es que en realidad existen estos bichos con los que juegan o yacen en otra capa del sueño, uno que sobrevuela en el filme, donde las líneas de la realidad son leves, como metidos en alguna psiquis, en que el miedo asoma bajo la amenaza del usurpador de identidad, habiendo sutiles detalles que indagan por aquella presencia extraña/desconocida en casa, de quien discretamente se deja ver que es una presentadora de televisión local.  

Lo particular de la historia es que no todo lo raro se llega a explicar, como que los vendajes quedan en un acontecimiento enigmático, que parecen ocultar más de lo que creemos. En sí, el filme no profundiza, deja abierta la suspicacia, en que avanzado el metraje, a 20 minutos de finalizar el filme se vuelve brutal, salvaje, intenso, cargado de crueldad y gore, tras haber sido una propuesta más de sombras, de mínimos sucesos, pasando de lo psicológico, del suspenso, lo inaudito en la duda de los hechos verdaderos, a lo abiertamente espeluznante, explícito y físico, para terminar en algo paranormal con un cierre macabro, en medio de la ilusión mental. Habiendo varias lecturas a la mano que bien describen el título original de canción de cuna, para adultos.  

No es un filme espectacular, hay que decirlo, porque la mayor parte del tiempo está como dormido, inactivo como película de terror, siendo además en realidad poco novedoso, anclado a lo demasiado mínimo y ocasional, con no demasiada reacción, de lo que uno le achaca poca fuerza creativa (no sólo por los pocos sobresaltos que muestra, sino por lo que exhibe en sí), estando algo apagado en cuanto a trasmitir emociones en medio de su ambigüedad funcional (lo de thriller le queda en parte grande, aunque no es tampoco que uno quiera que explote en adrenalina y acción, aunque definitivamente no es una mala propuesta, para nada desechable), por estar muy pendiente de un equilibrio entre la llamada normalidad y lo surreal, sin embargo su sutileza y pequeños detalles interpretativos puestos a la paciencia y a la curiosidad personal pueden generar mayores hilos conductores, mejores sospechas, tomando en cuenta que tiene varias formas de susto, muy bien concatenadas, a fin de cuentas.

La labor de la paranoia infantil versa ligeramente perceptible, justificada con un trato duro de parte de la madre, que puede ser algo tramposo e inexplicable, en que se argumenta poco, en un accidente demasiado elíptico, por lo que la violencia es un paso más de la inestabilidad formal, aunque mirando a sus inquilinos y el vínculo afectivo entre manos, en que lo emocional hace entrada efectiva, sí genera la ansiada dosis de originalidad, aparte de que a la hora del horror es totalmente contundente, por lo que esperar por cerca de una hora tiene su razón de ser, aunque nuestras emociones no quieran olvidar del todo la impaciencia. En el que es un filme decente, y curioso a un punto, y finalmente potente, con un breve remate glorioso.

Ella & Él

Película de conflictos de pareja exhibidos como especie de fragmentos vivenciales sobre una relación en ciernes de comprometerse seriamente, creciendo juntos como seres humanos, en medio de los descubrimientos mutuos, en un lapso corto de tiempo (lo cual apuntaría mejor, quizá, más profundamente, hacia un matrimonio de tiempo, pero visto “juvenilmente”, buscando mayor simpatía de parte del público, reconociendo también una labor autobiográfica, propia de la edad del director, de Frank Pérez-Garland, ubicada cercana a los cuarenta, está bastante bien, en un noviazgo, en el acercamiento inicial), entre quienes solo conoceremos como ella (la estupenda Vanessa Saba, a quien la cámara mima, mientras ella despliega múltiples registros, conmueve) y él (un correcto pero menor Giovanni Ciccia, que no presenta tantos matices, pero da mucha normalidad a su personaje, permite que Saba brille) que son dos personas con mucha carga emocional y ciertas taras psicológicas guardadas de su etapa familiar (como le pasa a la mayoría, ya que familias realmente inteligentes y saludables no abundan); en ella dibujadas claramente en el ecran con una historia de crecimiento de presión y sobre-responsabilidad, que como se dice directamente, le hizo perderse de vivir una juventud feliz y normal,  producto de las incompatibilidades y carencias de un padre a otro donde asoma la depresión heredada; mientras él está expuesto de forma más arbitraria, como un tipo bastante cambiante e “impredecible” (cualquier nimiedad le puede molestar, sobre todo agotar, como quien no quiere cargar ninguna mochila ajena, que como todos desea un estado de calma que no existe en el mundo a fin de cuentas) adjudicándose ser hermético, engendrando arrebatos inesperados, que esconden también el recuerdo doloroso de una pérdida pero en otro sentido, una fatal.

Se trata de dos seres conociéndose mutuamente para formar una (posible) unión sólida y eterna (sopesando que él entiende decentemente sobre el divorcio y la soltería, como en aquel discurso que da en plena formación de pareja, suya y de otros, entre cómico y sumamente racional), pero antes deben ejercer algunas renuncias (hasta ideológicas), como a la consabida libertad sexual (papel de una Gianella Neyra bella, sensual y carismática; y un Lucho Cáceres casual y naturalmente efectivo), o el tener un bebé, y aceptar al otro (lo que implica un toque de audaz complejidad argumental, más allá de que en el relato en general predomina lo identificador, lo primario y lo empático, cuando ellos son medio freakys y algo insoportables, pero desde un lado medianamente fácil de verse reflejado y consentido por el espectador de aire moderno, digno de rebeldía naif, habiendo una muy buena línea consciente cuando dice el protagonista que de chiquillo hacía pequeños actos delictivos, estaba fuera de sí, pero que en un momento amenazado de ir a una dependencia policial de barrio, peligrosa, con verdaderos delincuentes, le hizo repensarse sus actos de muchacho pituco/acomodado malcriado; y a su vez producto de una tragedia, una que suena en buena parte débil, pero coherente con varios parámetros de la historia), debiendo aguantarse sus estados locos y rarezas, en ella dicho como que estuvo en una clínica psiquiátrica, perpetrado al vuelo (en un comienzo, un primer encuentro, que es sencillo, pero bastante simpático, aunque confirmar quien era la cumpleañera de forma abierta era irrelevante), como dos idiosincrasias pesadas pero tratadas en la trama superficialmente, de forma que fluya y sea lo que es, una historia ligera, narrativamente hablando, pero no al punto de ser una comedia romántica, sino una historia más madura y de mayor exigencia, pero en un quehacer finalmente cercano, fácil de seguir y compenetrarse.

Es un filme de buena factura, pero de aire independiente, austero, con elementos básicos, que no tiene gran impacto visual ni llamativas imágenes (aunque la escena con Saba paseando en bicicleta, aunque breve, es musical y poéticamente dulce; como la imagen manida de la crema y el desnudo perdonable por lo estoico de la escena), ni tampoco una historia rimbombante, ardua o portentosa, es solo una humilde propuesta de cotidianidad, que llega a proponernos vernos reflejados en sus protagonistas, dos jóvenes adultos llegando alrededor de base cuatro, de clase social media alta, pudiendo ser semejantemente extraños, o simplemente igual de humanos, de imperfectos, aunque, claro, de distinta manera, invocando los vaivenes de una relación cualquiera, el comprometerse con otro, y ¿cómo?, haciendo sacrificios, conociéndonos y perdonándonos (como esquivando culparnos a cada rato), soportando, respirando y entendiendo, lo cual la hace una película pequeña y sencilla, pero agradable. Desde lo nacional, lo peruano, como con la música que acompaña los estados de ánimo. En un filme que respira honestidad, hablando de lo suyo y de lo de todos.

sábado, 3 de octubre de 2015

La familia Makhmalbaf

Familia que tiene vasto prestigio en el séptimo arte de su país, Irán, e internacionalmente; tanto la esposa, Marzieh Meshkini, que es guionista y directora de cine, como las hijas, Samira y Hana Makhmalbaf, dos talentosas cineastas al cuidado de la larga trayectoria de su respetado padre, Mohsen Makhmalbaf, que cuenta con una veintena de películas en su haber.

La manzana (Sib, 1998)


El debut de Samira Makhmalbaf, que realizó a los 17 años, una película sobre el encierro de dos niñas gemelas durante más de una década que producto de ello actúan con mayor lentitud, infantilismo y asombro del mundo, de lo que la calle se abre como un abanico de oportunidades para ellas, que apenas se dan cuenta, en la idea de la libertad por sobre la rigidez ideológica y el miedo, ya que los padres adjudican su dura decisión a que la madre es ciega y temen no pueda cuidar de ellas como se debe y perder su honorabilidad, asunto que siempre sobrevuela sobre la existencia persa, de lo que inteligente y sutilmente se hace un pequeño estudio sobre la sociedad iraní desde un asunto humano y sensible hasta para el más retrograda.

La pizarra (Takhté siah, 2000)


Otra obra trascendental de Samira Makhmalbaf, con la que ganó el premio del jurado en el festival de cine de Cannes del 2000, y es su mejor película, la más compleja y profunda, sin perder su cualidad de cotidianidad, pequeñez e intrascendencia, su sencillez narrativa, pero en una propuesta en que asoma el compromiso político con los kurdos, bombardeados por Saddam Hussein durante la guerra entre Irak e Irán, y en que surge nuevamente lo humano, en una celebración hacia la profesión de maestro en que dos profesores itinerantes kurdos se mueven por separado, con dos grupos de desplazados alrededor de la frontera, uno con niños que trafican con lo que pueden, y otro con mayormente ancianos y sus familias. De lo que mientras casi todos se niegan a aprender, a escuchar, estos dos humildes maestros insisten en querer culturizar a su pueblo. Enseñarles a leer y a escribir para coger al mundo. Desde saber redactar tu propio nombre o trasmitir un sentido te quiero en algo material. En un quehacer cálido y mínimo, con aventura e inocente comedia.

Buda explotó por vergüenza (2007)


La gran obra de Hana Makhmalbaf, ganadora del premio especial del jurado en el festival de cine de San Sebastián del 2007, que realizó también a temprana edad, a los 18 años, y es una propuesta sumamente enternecedora (tanto como inteligente; el guion está a cargo de su madre, Marzieh Meshkini, en que se conjuga madurez reflexiva y espontanea frescura), viendo que está protagonizada por una niña, por Baktay de 6 años (Nikbakht Noruz), dentro de una prominente naturalidad, en quien solo quiere ir al colegio y aprender historias interesantes, entretenidas y bellas, pero el entorno político y social no se lo permite con facilidad, habiendo contratiempos simbólicos donde se presenta la dificultad de estar en una guerra entre los talibanes y los americanos, de vivir en un país conflictivo como Afganistán, todo expuesto desde el trato infantil, de unos niños que juegan a ser un bando y al otro, a amenazar con sepultar y apedrear hasta la muerte a los infieles o disparar contra los llamados terroristas, cuando Baktay muestra temple en unos juegos que tienen de inquietantes, radiografiando la sociedad en la que subsisten, enfrentándose a un mundo demasiado complicado, donde se trata de relegar a la mujer a la ignorancia y al pudor enfermizo (la belleza hasta es castigada por los fanáticos), además de que afluye la pobreza, los pobladores humildes viven en cuevas.

En Mohsen Makhmalbaf profundizaremos en tres películas importantes suyas que son interesantes de visionar, en degustar el cine iraní, auscultando un arte distinto al occidental, también valioso, con su cuota de riqueza personal, donde a veces parece que no existiera en realidad una trama en especial, sino meros pretextos de enseñar la sencillez vivencial y las costumbres de su gente.

Gabbeh (1996)


Donde hay una clara vocación de narrador de cuentos, atípico, conteniendo un toque leve de fantasía inmiscuyéndose en la realidad folclórica, como aquella magia en materializar los colores de parte de un maestro y guía protagónico, en el tío viejo que quiere hallar una esposa, que busca en el canto hermoso de un ave, destilando romance y poética, que invade todo el filme, como aquel de tragedia y de legendario que exuda la bella inspiración narrativa llamada Gabbeh que tiene nombre de alfombra persa, en relación a la alfombra artesanal de ciertas tribus. El meollo pareciera que fuera el amor frustrado por un padre dominante, en prolongar la demora de la correspondencia de un pretendiente, pero el filme apunta más bien a palpar la idiosincrasia de un clan, una región, la cultura, sus representativas manualidades y sobre todo su vocación de hacer volar los sueños y la imaginación, enseñando y provocando emociones a su paso, que van más allá de las edades o de cualquier limitación de poder.

El silencio (Sokout, 1998)


Nos remite a un niño de 10 años llamado Khorsid (Tahmineh Normatova), que vive en Tayikistán, que por encima de sus limitaciones tiene un sentido en la vida, auspiciado por un don, en la música, que llega hasta sintonizar con otras formas de oír lo que la mayoría no, trabajando afinando todo tipo de instrumentos de sonido, para ayudar a sostener su hogar y a su madre, sin embargo siempre llega tarde a laborar, y aunque amenazado de ser echado no puede contener su esencia y cuando toma el ómnibus –lugar de cotidianidad, repetición y mínima sorpresa- suele perderse en busca de la poética de su alma, anclada a la música popular, a la de las calles, que persigue como poseído, teniendo un gusto amplio, abierto a lo occidental, a lo universal, tomando forma con la quinta sinfonía de Beethoven. En el que es un canto de discreta superación, pero de una potente pasión, que retrata el quehacer y querer por el arte, la auto-referencia, por sobre el drama social, que el filme señala pero del que se escurre optimista sin mayores elucubraciones, aunque cargado de vitalidad y simpatía, como en aquel simbolismo claro del caballo flaco desbocado hacia la inmensidad de la “prodiga” libertad, más allá de sociedades como las de la URSS, a la que perteneció Tayikistán, o, desde luego, la propia iraní.   

Kandahar (Safar e Ghandehar, 2001)



Retrata el viaje de una afgana que radica en Canadá, partiendo desde Irán, a Kandahar, una ciudad inestable de Afganistán, encaminada por tierra, y en su propio ingenio ocasional, como en su ánimo de ganar tiempo, cuando Nafas (Nelofer Pazira) ya posee otras costumbres, más libres, occidentales, no obstante la necesidad la empuja y apremia, debiendo buscar a su hermana que con la caída de un eclipse piensa suicidarse, al cabo de tres días (un pretexto para conocer la realidad de éste país), por lo que Nafas emprenderá un periplo hacia el pasado, en medio del peligro y el difícil acceso, rumbo a una cultura cerrada, de burkas, múltiples esposas sumisas, honorabilidad y reglas estrictas de conducta contra el deseo y lo sensual, a una nación conflictiva donde los talibanes se pasean imponentes impartiendo su rigidez ideológica y bélica (vemos hasta un adoctrinamiento popular, un tipo de escuela de guerrilleros, de cómo ser talibán, dirigida a niños hambrientos), en medio de la pobreza y la necesidad, bien reflejada en el niño guía capaz de robar un anillo a un cadáver en el desierto o hacer lo que sea por dinero, tanto como lo que nos deja ver un grueso grupo de mutilados, por minas casuales, movilizados apresurados en sus muletas tras piernas artificiales que caen del cielo lanzadas en paracaídas por la cruz roja. Una imagen que marca un cariz social, al igual que uno político, tan potente en el filme. En una propuesta que exhibe el caos, el hambre (en un momento se confunde una enfermedad con la simple necesidad sanada con un pan) y la tensión latente de la zona, donde las costumbres sojuzgan y hay que sobrevivir como se pueda, véase el ingenio del afroamericano nacionalizado árabe escondido tras una barba postiza. De lo que uno pudiera pensar que es un viaje triste, cargado de dramatismo, pero más bien es notablemente reflexivo pero tranquilo, en un estudio atento y curtido de la idiosincrasia nacional, pero con un cariz de aventura, emoción, imprevistos, levedad y entretenimiento. En donde hay la búsqueda de plasmar el sentir del aprecio por la vida, a manera de bitácora de viaje, como perfectamente lo simboliza el amor fraternal y todo el esfuerzo y riesgo que circula en ir a Kandahar.